pseudo Platón: Diálogos dudosos y apócrifos

Varias obras fueron adscritas a la autoría de Platón, tanto en la Antigüedad, en los años inmediatos a su muerte, como a lo largo de los siglos siguientes. Al parecer, que una obra tome la forma de un diálogo entre Sócrates y otro personaje la hacía susceptible de ser considerada platónica. Sin embargo, hoy se tienen serias dudas sobre algunos de estos textos, mientras que otros son claramente contrarios a su pensamiento.

A continuación mostramos el resumen de algunas de estas obras, que salvo en un caso (el Alcibíades primero) son superficiales y de poca extensión. No es posible hablar de una fecha de composición, y aunque podemos preguntarnos quién fue su autor real, pocas respuestas obtendremos.

Alcibíades, o de la naturaleza humana

Este diálogo, de mayor extensión que el resto de los aquí tratados, trata del conocimiento de uno mismo, como punto de partida para el perfeccionamiento moral, principio de todas las ciencias en general, y de la política en particular. La primera parte es un largo preámbulo que trata de lo justo y lo útil: tras demostrarle a Alcibíades que no conoce lo que es justo (pues no se ha preocupado de aprenderlo, ya que nunca supo que lo ignoraba), Sócrates usa una larga serie de deducciones para llegar a la conclusión de que lo justo y lo útil son una misma cosa (lo justo es honesto, lo honesto es bueno, lo bueno es útil). Así pues, Alcibíades ignora también lo útil, y desea hablar de cosas que no conoce; se hace necesario comenzar por instruirse él mismo, perfeccionarse. La segunda parte del diálogo busca responder esta necesidad: no puede perfeccionarse, mejorar, sin conocer lo que es. Se establece la distinción entre cuerpo y alma, llegando a la conclusión de que el ser humano o no es nada, o es alma solamente. Para conocerse a uno mismo es necesario analizar la parte del alma donde reside la virtud, la primera necesidad de un pueblo y la causa de su prosperidad, si la poseen los que se ocupan de los asuntos públicos.

Segundo Alcibíades, o de la oración

Diálogo cuya autenticidad platónica no es reconocida ni rechazada unánimemente. La escena tiene lugar entre Sócrates y Alcibíades, y trata sobre los ruegos a los dioses: Sócrates quiere dar a entender que no debe orarse ligeramente, pues en ocasiones las súplicas, sin saberlo, serán perjudiciales, así que únicamente debe pedirse el bien.

Del alma del mundo y la naturaleza

Esta obra, escrita en dialecto dórico, es un compendio del Timeo de Platón, del que toma frases enteras. Al inicio aparece el nombre de Timeo de Locres, un pitagórico contemporáneo de Sócrates, como quien presta el contenido, pero la identificación entre las ideas platónicas y el pensamiento pitagórico es completamente artificial.

Epinomis o el filósofo

El título de esta obra, que quiere decir "complemento/conclusión a las leyes", hizo que muchas ediciones lo colocaran justo detrás de las Leyes. Encontramos los mismos personajes ancianos (el cretense Clinias, el lacedemonio Megilo y un ateniense), pero faltan el espíritu y el estilo de Platón. El autor, seguramente más pitagórico que platónico (quizá Filipo de Opontio), se esfuerza en demostrar que el deber más importante del legislador es estudiar la ciencia de los números, la astronomía y la geometría.

Erixias

Superior a la mayor parte de estos diálogos, esta obra no está exenta de gracia y variedad; no instruye, pero tampoco causa fastidio. Contiene una animada e interesante conversación en la que Erixias, Erasístrato y Critias responden sucesivamente a Sócrates. Se proponen diversas proposiciones que constituyen una moral decorosa, aunque no llegan a una profunda doctrina. Se expone, con no excesivo rigor, que la riqueza depende del valor de los objetos poseídos, de donde se sigue que la sabiduría, o ciencia del bien y del mal, es la mayor de las riquezas. También se dice que la riqueza puede ser un bien o un mal según la honradez de su dueño, y que las necesidades se hacen más numerosas y exigentes cuantos más medios hay para satisfacerlas.

Teages, o de la ciencia

Demódoco, padre de Teages, suplica a Sócrates que le enseñe al muchacho todo lo que sabe. Pero Sócrates le pregunta a Teages qué es lo que quiere aprender, averiguando así que el joven cree que basta conseguir un buen maestro para ser hábil. Sócrates le hace comprender que se necesitan ciertas disposiciones morales para que las enseñanzas no sean inútiles.

Hiparco, o del amor a la ganancia

El diálogo, breve y superficial, y algo mezquino, toma su nombre de una anécdota que en él aparece, referida a Hiparco, hijo de Pisístrato. Algunos atribuyen la obra a Simón el Socrático. El asunto apenas se desenvuelve. Un amigo de Sócrates se muestra muy severo en cuanto al amor a la ganancia, mas Sócrates protesta: la ganancia es lo contrario de la pérdida, a todas luces un mal; luego la ganancia es un bien, inocente y universal. Pero es preciso buscar la ganancia en las cosas que tengan un valor real

Minos

Diálogo con diversas características compartidas con el anterior: se presume que su autor pudiera haber sido Simón el Socrático; toma título de la referencia a Minos (alabado con exageración como el legislador por excelencia); los interlocutores son Sócrates y un amigo; y el tema, en este caso la ley, es tratado con debilidad. En relación con este tema, se dice que la ley no se corresponde con lo legítimo (como lo visto no es el órgano de la vista), y que no puede ser variable, puesto que se trata de un juicio verdadero.

De lo justo

Dialogo que bien podría ser obra de Simón el Socrático. No tiene estilo alguno, y aunque la doctrina es socrática y platónica, está desprovista de interés. Tiene lugar entre el personaje de Sócrates y un amigo, y comienza, ex abrupto, con la cuestión de qué es lo justo. Sin embargo, la obra no responde a esa cuestión, pues en ella se comenta que uno es injusto a pesar suyo, por ignorancia (y ésta es involuntaria); así pues, nadie es malo voluntariamente.

Axíoco

Uno de los más valiosos de este conjunto. Sócrates conversa sobre el término de la vida con Axíoco, pues el hijo de éste, Clinias, ha ido a buscarle y le ha dicho que está moribundo. Encontramos poca originalidad y en ocasiones escaso rigor, a pesar de que el diálogo se presenta en una especie de cuadro dramático. Como morir es tornarse insensible, supone dejar de sufrir, por lo que la muerte no es un mal, sino una redención. Además, parte del ser humano es inmortal. La obra se cierra con una recitación mítica sobre el mundo tras la muerte; poco más que un boceto, que recuerda de refilón el estilo platónico.

Los rivales

El personaje de Sócrates narra un diálogo en el que perseguía la definición de la filosofía. No consiste en conocer todas las cosas (pues las fuerzas del espíritu tienen un límite, y la filosofía nunca lograría alcanzar la ciencia universal), ni en formarse una idea general de todas las ciencias y artes (pues entonces el filósofo sería inferior a cualquier sabio o artista versado en un sólo tema), sino en conocerse bien a sí mismo (pues así conocerá el género humano y será capaz de guiarse y de guiar a los demás).

De la virtud

Sócrates y un amigo proponen cuestiones sobre la naturaleza de la virtud. El interés de la obra, tanto literario como filosófico, es casi nulo. El contenido puede resumirse en tres preguntas: si la virtud puede, por su naturaleza, ser enseñada (no, puesto que los hijos de los grandes hombres aprendieron música o equitación, pero no se les enseñó virtud), si la virtud es un don natural (no, puesto que si los hombres fueran naturalmente buenos o naturalmente malos habría una manera de distinguirlos, como en el caso de perros o caballos), y, por último, de dónde viene entonces la virtud (es un presente de los dioses, ya que no se aprende ni es natural).

Clitofón

Diálogo brevísimo y de escaso valor. Acusado por Sócrates de haber censurado sus conversaciones filosóficas y alabado las lecciones del sofista Trasímaco, un tal Clitofón se defiende mostrando al propio Sócrates lo que piensa de él: es un hombre maravilloso por exhortar a la virtud, pero incurre en el error de no pasar de ese punto, pues es preciso enseñar a ser virtuoso prácticamente, señalando las dificultades y obstáculos del camino.

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