Lisias: Sobre los bienes de Aristófanes

Importante discurso para entender la historia de Atenas durante los años siguientes a la guerra del Peloponeso, puesto que muchos de los personajes relacionados indirecta pero estrechamente con el proceso no son anónimos ciudadanos, sino personalidades de poder y responsabilidad en el Estado.

Corre el año 388/387 aC, en plena hegemonía espartana y penuria ateniense. La Asamblea resuelve una y otra vez confiscar, incluso rozando la legalidad, la fortuna de los nuevos ricos de Atenas. Tal es el caso de Aristófanes, hijo de Nicofemo, quien era amigo del hombre más importante del momento.

Padre e hijo habían convencido a la Asamblea para que enviara una ayuda contra Persia a Evágoras, rey de Chipre, en un momento en que Atenas necesitaba (y tenía) el apoyo de Persia contra Esparta. Pero las naves fueron apresadas por los espartanos, y la ciudad deseaba un responsable. Se buscó entonces la condena de quien había convencido a la Asamblea (que era, por definición, irresponsable), acusando a Aristófanes del delito de «engañar al pueblo», cuya pena era la muerte y la negación de enterramiento en el Ática. En este caso se acumuló además la confiscación de bienes, pero cuando se llevó a cabo se encontró menos de lo que se esperaba, por lo que las sospechas recayeron enseguida sobre su suegro. Éste murió durante la instrucción del sumario del proceso siguiente, y la responsabilidad se desplazó de nuevo hacia su hijo, cuñado de Aristófanes.

El asunto debía de ser poco atractivo para Lisias, que construyó un discurso que no llega a la altura de sus mejores obras. Es escaso en figuras retóricas y el orador no acaba de redondear los períodos, pero ello venía exigido por la situación y el asunto. Las partes están proporcionadas, y la armazón argumentativa se oculta bajo un rebuscado desorden. Si bien Lisias no ha puesto en juego sus mejores virtudes, al menos ha superado sus peores defectos.

El exordio incluye el tópico de la inexperiencia retórica, y el resto es una alusión al honor del padre muerto (miedo a que quede como injusto y desazón porque aunque se demuestre falsa su acusación, es tarde para repararla). La tarea principal del discurso es reivindicar el nombre de Nicofemo y Aristófanes, mostrando que el juicio fue canallesco e injusto y que el padre del orador nunca obró por dinero. La mayor parte del discurso, por tanto, traza la semblanza de ambos personajes (Aristófanes emprendedor y generoso; Nicofemo con menos dinero de lo que se creía), y la última parte de la obra hace lo propio con la propia figura del orador (que nunca ha pisado un tribunal) y la de su padre (nombrando lo que ha hecho por Atenas). Como conclusión se insiste en la generosidad del padre del orador, y se añade el tópico de que al Estado le beneficia más que no se realice una confiscación, pues los propietarios que conserven sus bienes podrán seguir desempeñando liturgias y haciendo aportaciones.

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