Isócrates: Evágoras

Tercero de los discursos «chipriotas» tras A Nicocles y Nicocles. Se supuso durante un tiempo que Evágoras era un discurso fúnebre, dado que este personaje ya estaba muerto cuando se compuso la obra; sin embargo, actualmente se piensa que es más bien el elogio del rey fallecido, realizado para complacer a su hijo Nicocles.

La fecha de composición debe de situarse entre el 370 y el 362 aC. Isócrates había seguido a Gorgias en el género del elogio en prosa (lo hizo en el Elogio a Helena y en el Busiris), pero aporta ahora la novedad de utilizar personajes contemporáneos y no míticos.

Como proemio, el autor halaga a Nicocles por realizar ofrendas y certámenes para honrar la tumba de su padre, pero le recuerda que, si entre los muertos se conoce lo que sucede entre los vivos, Evágoras recibiría con mayor agrado que alguien pudiera contar sus costumbres y los peligros que corrió. Además, si se cantaran habitualmente las hazañas de los que han resultado grandes en su época se lograría que los jóvenes trataran de emularlos, para así también ellos ser recordados tras la muerte.

Recuerda entonces la ascendencia semidivina de Evágoras, pues Teucro (hijo de Telamón, y éste de Éaco, hijo de Zeus) realizó la fundación mitológica de Salamina, y sus reyes se consideran descendientes suyos. A continuación define a Evágoras con una acumulación de virtudes: belleza, prudencia y fuerza física ya desde la infancia, y luego valor, sabiduría y justicia.

Cuenta entonces cómo llegó al poder: reinaban entonces los descendientes de un fenicio que había tomado la isla para los persas, y uno de los príncipes urdió una conspiración, matando al soberano e intentando apresar a Evágoras. Éste huyó, y regresó con cincuenta hombres dispuesto a ganar el poder absoluto. La inactividad de los ciudadanos y la valentía de sus hombres le permitió convertirse en soberano.

Luego habla de sus buenas acciones en el gobierno: siempre deliberar sobre todos los asuntos, no hacer caso a habladurías, mejorar la ciudad, etc. Como prueba de su buen gobierno, muestra que muchos griegos acudieron a la corte de Evágoras, prefiriendo su reinado a sus regímenes políticos. Uno de ellos fue Conón, quien con ayuda de Evágoras logró que los persas acabaran con el poderío espartano en el mar.

Finaliza el discurso con un breve resumen de lo dicho, un recuerdo de lo que comentó en el proemio, y las recomendaciones a Nicocles para continuar los actos de su padre.

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