Platón: República, libros VI-X

Terminamos con el resumen detallado de este largo diálogo de Platón, cuyos cinco primeros libros ya tratamos en una entrada precedente.

Libro VI
Para comprender la posibilidad de advenimiento de la filosofía al gobierno, se inician una serie de consideraciones sobre sus características, sobre sus relaciones con la sociedad y sobre las mismas en el porvenir. El alma propia para la filosofía se distingue por su amor a la ciencia, reflejado en un espíritu de especulación. Además, otras cualidades intelectuales y morales son el amor a la verdad y el horror a la mentira, la facilidad de aprender, la penetración, la memoria, y el desdén por las cosas exteriores que produce la fuerza, la templanza, la compostura, la gracia y la grandeza de alma. A pesar de que estas cualidades otorgarían a los filósofos el primer rango en la sociedad, viven aislados, de tal forma que no puede negarse que no sean perfectamente inútiles. Las causas son variadas: que los demás, viendo al filósofo absorbido en sus especulaciones, lo toman por un visionario; que existen falsos filósofos que hacen despreciables a todo el conjunto; que el alma del filósofo se altera y se desprende de la filosofía, por culpa de la falsedad de ideas contenidas en la educación y los malos ejemplos de padres, amigos y maestros. De aquí que los filósofos sean pocos y se aparten de la sociedad.
Para que la filosofía deje de ser inútil, se necesita un Estado como el que se ha descrito en los capítulos precedentes, que se establecerá con una revolución saludable, al verse un filósofo o un jefe de gobierno en la feliz necesidad de remediar los males del Estado. En esa posición, producirá en los ciudadanos una transformación que acreditará la filosofía. El filósofo, cuyo pensamiento ha estado siempre fijo en los objetos que no mudan y que siempre guardan entre sí la misma relación (las ideas), está capacitado para infiltrar este orden en las costumbres públicas y privadas de sus semejantes. Arreglará la forma de gobierno en base a la virtud (justicia, belleza, templanza, etc), disipando las preocupaciones de la multitud contra la filosofía.
Establecida la filosofía en el Estado, éste debe asegurar su reinado para el porvenir, lo que se realizará a través de la educación reservada a los magistrados. Ésta se centrará en dirigir la inteligencia hacia la idea del Bien. La idea del Bien es para el mundo inteligible lo mismo que el Sol para el sensible: principio de la luz, del calor y de la vida. La idea del Bien proporciona al espíritu la capacidad de comprender las cosas susceptibles de ser comprendidas; es el principio del ser y de la esencia.
Después se pasa a enunciar una teoría sobre el conocimiento, dividido en cuatro grados: la conjetura, la creencia o fe, el conocimiento razonado y la razón. Estos grados se reparten los dos mundos que existen con respecto al conocimiento: el mundo de los sentidos (la conjetura se refiere a las imágenes de los objetos visibles, la creencia a los propios objetos) y el mundo del pensamiento (el conocimiento razonado se refiere a las hipótesis o abstracciones, la razón a las ideas o verdades inmutables).

Libro VII
Posiblemente el fragmento más conocido de Platón: el mito de la caverna. Los hombres son como unos prisioneros encadenados en una caverna, donde la luz de un fuego penetra por una abertura hecha en la parte alta, detrás de ellos. Entre el fuego y los cautivos hay un camino, sobre el que aparecen objetos conducidos por hombres que pasan por detrás. La sombra de estos objetos, reflejada sobre el muro que miran los prisioneros, es lo que ellos entienden por realidad. Ésta es la figura del primer grado del conocimiento, verificado mediante los sentidos.
Un cautivo liberado deberá avanzar poco a poco para acostumbrarse a la luz, y será capaz de discernir primero las imágenes de los objetos y los hombres reflejadas en las aguas, y luego los hombres y los objetos mismos. Alzará la mirada al cielo, primero durante la noche, a la claridad de luna y estrellas, y al fin podrá contemplar el sol. Ésta es la imagen del segundo grado del conocimiento sensible.
Si este hombre tratara de hacer entender todo esto a los todavía cautivos, moverá a risa. Tal es el destino del filósofo, que eleva el alma hasta el más alto grado del conocimiento inteligible, para fijar la mirada en el foco de luz, que en el mundo invisible produce directamente la verdad. Esta idea, principio eterno e inmutable, es el bien en sí, al que debe dirigirse la educación filosófica: primero la aritmética (no para vivir de ella, como los mercaderes, sino para elevar la inteligencia por la contemplación numérica), luego la geometría (fijándose no en las figuras, sino en las ideas que representan), luego la ciencia de los sólidos de tres dimensiones, y finalmente la astronomía. Todo ello como preludio de la verdadera ciencia filosófica: la dialéctica, que pone al hombre en situación de dar y entender la razón de todas las cosas. Se repiten aquí las características que deben tener los merecedores de esta ciencia (memoria, amor a la verdad, etc): tras los ejercicios de música y gimnástica, a los veinte años serán destinados al aprendizaje de las ciencias abstractas, durante diez años, y de la dialéctica, durante otros cinco. Después de quince años tomando parte en todos los trabajos de los guerreros, a los cincuenta, los que se hayan mantenido firmes y puros serán llamados para consagrarse al objeto supremo de la filosofía: el gobierno del Estado.

Libro VIII
Se pasa a analizar ahora la condición de los Estados que no están fundados sobre el mismo principio propuesto, y en seguida la condición de los individuos cuyo carácter corresponde al de éstos. Se intenta así probar que todas las formas de gobierno que no descansan sobre la justicia son diversas y defectuosas, y que sus individuos caen en diferentes vicios. Platón reconoce aquí la Aristocracia (fundada sobre la justicia, y cuyo plan acaba de desarrollar), la Timocracia (establecida en Creta y en Esparta), la Oligarquía, la Democracia y la Tiranía. A estos Estados pertenecen diversos individuos: el hombre justo, el timocrático, el oligárquico, el democrático y el tirano.
Cada gobierno es una degeneración del anterior, causada por alguna falta por parte de los gobernantes: si los magistrados ordenan fuera de tiempo los matrimonios, en la Aristocracia nacerá una generación mal dotada, que causará la ruptura de la armonía y la llegada de un Estado timocrático. Sus características serán el crédito de los fuertes y el descrédito de los más dignos, la preeminencia de los guerreros y un respeto a los gobernantes más político que sincero. Se perseguirán, todavía secretamente, los placeres disolventes, y se extenderá la ambición y el espíritu de intriga. El hombre en este Estado será más amigo de las musas que culto, ambicioso y ansioso de ascender mediante los trabajos de la guerra.
Sustituir el amor a la gloria por el amor a las riquezas causa que la timocracia se vuelva oligarquía, que identifica a los ricos con los dignos. El gobierno se divide en dos Estados, los pobres y los escasos ricos, mientras que el hombre se vuelve ávido y avaro. Si el ejército de pobres se da cuenta de su número y de su fuerza y toma el poder, se llega a la democracia. Su principio es la libertad, que llevada hasta el límite engendra la servidumbre: los demagogos excitan al pueblo contra los ricos, hasta que uno de los aduladores del pueblo se proclama protector, y llega finalmente a tirano.
Muy digna de lástima es la condición de un tirano, pues se ve obligado a destruir a los mejores ciudadanos y a convertir a los esclavos de éstos en sus amigos y confidentes.
Libro IX
Queda considerar en la clasificación anterior el alma del hombre tiránico: artificio, fraude, violencia, son medios para conseguir lo que se propone el tirano, pues sus esfuerzos sólo tienden a la intemperancia y la satisfacción de la carne. Debe juzgarse ahora si la condición del Estado y la del tirano son dichosas o desgraciadas, y es obvio que sus necesidades y desarreglos los convierten en los más atormentados. De aquí sabremos que el hombre justo es también el más feliz. (Primera demostración).
Se pasa a continuación a considerar tres partes en el alma humana: aquélla mediante la cual el hombre conoce, aquélla mediante la cual se irrita y disfruta dominando, y aquélla mediante la que desea. A ellas corresponden tres órdenes de deseo: deseo de conocimiento y de verdad, deseo de gloria y de poder, deseo de ganancias de todo género. Y a su vez, a éstos corresponden tres clases de hombres: el filósofo, el ambicioso y el interesado. Ninguno de ellos duda que su vida es la más dichosa, y cada cual desprecia la vida de los otros. Para decidir cuál es la más agradable y menos mezclada de penas, debe comprobarse cuál es el mejor juez de los tres. Las condiciones necesarias para juzgar son la experiencia, la reflexión y el razonamiento. El filósofo es el más experimentado, pues por medio del placer de la ciencia puede disfrutar así mismo de los placeres de la utilidad y de los honores, correspondientes a los otros dos. Además, la reflexión y la razón, son propiamente instrumentos del filósofo. Todo esto le deja como el mejor juez, y sobre todo con la vida más dichosa. (Segunda demostración).
Por otra parte, se dice que a excepción de los placeres del sabio, los de los otros no son placeres verdaderos o puros, pues se toma el placer como negación del dolor pasado, y al dolor como negación del placer que ha desaparecido. Y si el alma no obedece ni a uno ni al otro, ni siquiera saber si experimenta placer o pena, o bien ambos a la vez. Y lo que no es ni una cosa ni otra, que es sólo negación de otra cosa, es una ilusión. Sin embargo, los placeres del alma, nacidos de la verdad, no se refieren a cosas materiales (que no proporcionan placer pues no lo tienen ellos mismos), sino a las esencias de las cosas eternas e inmutables. Así pues el justo, el verdadero filósofo, es el único que tiene acceso a la fuente de los placeres verdaderos. (Tercera demostración).
El capítulo termina añadiendo que aquellos que consideran más dichoso al injusto, con tal de que pase por hombre de bien, ignoran que en su interior alberga la injusticia, un monstruo devorador que le hace desgraciado. Lo mejor que le puede suceder es verse descubierto y castigado, pues esto le purifica.

Libro X
Por las palabras finales del capítulo anterior, y los temas tratados en éste, el libro X parece un añadido o apéndice con algunas ideas que necesitaban aclaración.
Vuelve primero Platón a su juicio contra la poesía, considerándola nada más que una imitación. Este pasaje suministra también algunas explicaciones sobre el método platónico. No su método metafísico, que es la Dialéctica, sino su método de discusión, basado en la búsqueda de la unidad en la pluralidad (bajo la idea que subyace en un nombre se agrupan todos los objetos que comparten sus características), y la división de cada género en sus diferentes especies (la idea de cama, la cama construida, la cama de una pintura). De aquí que el pintor (y el poeta, por tanto) no pueda ser considerado un productor, y ni siquiera un obrero, sino un imitador distante de la verdad. Por otra parte, la poesía es peligrosa, al dirigirse no a la parte racional del alma, capaz de apreciarla por lo que vale, sino a la parte ciega y apasionada, que incluso en los sabios puede ablandarse.
Finalmente, la obra se cierra con una serie de puntos referentes a la inmortalidad del alma, los castigos reservados a los malos, y las grandes recompensas debidas a la voluntad, en esta vida y en la otra.

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