Esquilo: Las Suplicantes

En este caso nos encontramos ante la primera tragedia de una trilogía. En ella, las Danaides (hijas de Dánao), que han llegado desde la tierra de Egipto hasta su antigua patria de Argos, intentan escapar a la persecución de sus primos, los hijos de Egipto. {Egipto y Dánao son ambos hijos de Épafo, y éste lo es de Zeus e Ío}.

La obra se abre con el canto de las cincuenta Danaides (el coro), que declara su oposición a la violencia masculina, y su derecho a su propio cuerpo. Junto a su padre se acogen a los altares, suplicando sobre todo a Zeus. Sigue un diálogo entre Dánao y la corifeo.
Pero, ¿a qué país más propicio podríamos haber arribado portando en las manos los ramos ceñidos de lana como suplicantes?
Más fuerte que una torre es un altar: es escudo irrompible.
Llega Pelasgo, rey del país, que escucha la petición de auxilio de aquellas mujeres. No quiere decidir, sin embargo, pues es un gran riesgo emprender una guerra para defender a unas mujeres extranjeras, pero también es un gran riesgo desatender la cólera de Zeus: no hay decisión sin dolor. Irá a consultar al pueblo: es un rey democrático, no un héroe trágico.
Sigue el coro implorando a los dioses (abundando en el recuerdo de Io), con más terror al vislumbrar Dánao el barco egipcio.
¡Que jamás a esta tierra pelasga destruya por el fuego aquel que no se harta de los gritos de guerra, el violento Ares, el que siega a los hombres en campos regados con sangre!
En sombríos barcos de madera han venido hasta aquí navegando con encono dispuesto a saciarse. Les acompaña un numeroso ejército negro. (...) De mente asesina, falaz pensamiento y corazón impuro son como los cuervos: no respetan ni aun los altares. (...) En exceso arrogantes, con sacrílego ardor, de lascivia empapados, procaces como perro, no escuchan ni a los dioses.
Al llegar el barco hay un duro enfrentamiento entre el heraldo y el coro. Vuelve Pelasgo, quien comunica la decisión del pueblo de ayudar a las Danaides, y se enfrenta al heraldo. Persigue el coro de egipcios a las Danaides aterrorizadas, pero el rey los expulsa y conduce a las mujeres a la ciudad.
¡Ojalá en alta mar, en la ruta salada azotada por múltiples olas, en compañía de tus amos soberbios y del barco ajustado con clavos, hubieras perecido!
Un coro de sirvientas incita a las Danaides a no despreciar el amor. De aquí surge el resto de la trilogía, que no ha llegado a nosotros: la boda forzada, la muerte de los egipcios a manos de las Danaides durante la noche de bodas, y la reconciliación gracias al perdón de Hipermestra a su marido.

En esta tragedia encontramos de nuevo el espectáculo agitado y febril de las danzas, con ese aire exótico de las Danaides y los egipcios. No aparece ningún personaje trágico (o lo es el coro de Suplicantes), ocupando su lugar un buen padre y un buen rey.

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