Jenofonte: Banquete

La literatura en torno al simposio o banquete trata de reproducir el peculiar ambiente de este momento que sigue a la comida propiamente dicha: una tertulia en la que se bebía con acompañamiento de diversiones, y que a menudo acababa en orgía. Esto último no ocurre, sin embargo, en las muestras literarias, donde encontramos invitados bien educados, dispuestos más a defender sus puntos de vista particulares que a dejarse llevar por la diversión.

La reunión de que nos habla Jenofonte se celebra en casa del riquísimo Calias, en el Pireo, mientras tienen lugar las Grandes Panateneas. El diálogo no es histórico, aunque se basa en un suceso real (del 422 aC); Jenofonte, sin embargo, no asiste (pues tendría entonces unos diez años). En la obra se realiza un bosquejo de la personalidad de Sócrates, más realista y menos solemne que el retrato que Platón realiza en su obra del mismo nombre. Respecto a este punto, es interesante observar que los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre qué obra es cronológicamente anterior. Entre la caricatura aristofánica y el personaje ennoblecido por Platón, hay un hombre amable que no trata de dominar con su superioridad. Como sucede en la Apología y los Recuerdos, la imagen de Sócrates es más risueña, y sus ideas no son tan elevadas y excelsas; no se retrata al genio, sino al hombre de todos los días. Así se nos indica ya en las palabras iniciales del texto: «En mi opinión, no sólo son dignas de recuerdo las acciones serias de los hombres de bien, sino también lo que hacían cuando estaban de broma».

El giro propio de los diálogos está perfectamente conseguido, con fluidez y naturalidad, y los personajes se expresan con rasgos que les caracterizan bien: la afectación y pedantería de Calias, la rudeza de Antístenes, la seriedad de Hermógenes, la desenvoltura de Critobulo, las bromas de Filipo, la grosería del siracusano y, sobre todos ellos, un Sócrates que se adapta a su interlocutor, unas veces muy serio, otras amable o bromista. Ejerce una especie de papel de moderador de la reunión, porque tiene una autoridad moral irresistible.

El argumento básico es como sigue: Calias, acompañado de Nicerato, Autólico y el padre de éste, Licón, encuentra a Sócrates y sus amigos y les invita a una cena en homenaje a Autólico (vencedor del pancracio), de quien está enamorado. Filipo, con tono de bufón, se autoinvita también. Se suceden conversaciones diversas, interrumpidas por las variedades presentadas por un empresario siracusano: una flautista, una bailarina acróbata y un muchacho músico y bailarín.

El tema del amor es el hilo conductor de la obra, aunque el objetivo de Jenofonte es explicar cómo se llega a ser un hombre de bien, lo que incluye el arte de vivir, la belleza moral y su manifestación externa. El diálogo constituye un todo organizado, con tres partes claras, precedidas de un prólogo y terminadas con un epílogo:

  • El prólogo (que ocupa el primer capítulo) nos cuenta la invitación de Calias y da los nombres de los invitados. Empezada la cena, la belleza de Autólico mantiene algo tensas las miradas, hasta que llega el bufón Filipo.
  • La primera parte (el capítulo II) parece la más desordenada. Calias propone traer perfume y Sócrates no admite otro que la kalokagathía (hombría de bien); la posibilidad de su enseñanza provoca una discusión, interrumpida por dos veces, con la danza acrobática de la bailarina y la del muchacho, lo cual da pie a un elogio de la danza y la armonía, y a una conversación sobre la igualdad de los sexos en la enseñanza y las actividades. Interviene el bufón Filipo, que pide de beber después de una danza grotesca, y Sócrates insiste sobre la moderación en la bebida.
  • La tercera parte (capítulos del III al VII) está más trabada. Después de un canto del muchacho, Sócrates propone que cada uno diga en qué cifra su orgullo personal. Calias se declara orgulloso de su riqueza; Nicerato de su conocimiento de Homero como fuente máxima de todo saber; Critobulo, de su hermosura; Licón de su hijo, y Autólico de su padre (y no de su reciente victoria en el pancracio); Antístenes, de su riqueza espiritual; Cármides, de la pobreza, pues le permite vivir libre y sin preocupaciones; Hermógenes, de los dioses; y, por último, Sócrates pone su orgullo en su talento de proxeneta («arte de prostituir a otro y hacerlo valer ante los clientes», porque mejora a las personas). Se produce entonces una disputa sobre la belleza entre Sócrates y Critobulo, pero viene a ser una parodia del estilo dialéctico, realizada para amenizar la reunión; la conclusión es que lo importante es la belleza moral. Sócrates advierte el silencio de Hermógenes, y se lo reprocha por considerar que no conviene a un hombre de bien. Interviene el empresario siracusano, enfadado porque no se presta atención a su espectáculo. Su grosería pone en evidencia la importancia de una buena educación.
  • La tercera parte (capítulo VIII) tiene como tema el amor, a través de un largo discurso de Sócrates, para demostrar que el amor carnal no puede tener buen fin, mientras que sólo el amor espiritual es capaz de procurar la hombría de bien al mismo tiempo en al amante y en el amado.
  • Terminada la conversación, Autólico y su padre salen a dar un paseo, pues va a representarse un espectáculo poco conveniente para el muchacho. El epílogo (capítulo IX) está formado por dicha representación, en la que dos artistas jóvenes simulan los amores de Ariadna y Dioniso. Esta pantomima excita la sensualidad de los espectadores: los casados se precipitan a sus casas, y Sócrates y sus amigos se unen al paseo de Autólico y Licón.

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