Andócides: Sobre la paz con los lacedemonios

Desde el 394 aC un nuevo conflicto bélico (llamado «guerra corintia») enfrentaba a los espartanos contra una coalición formada por Atenas, Argos, la Liga Beocia y Corinto (o, al menos, su partido demócrata). Se sucedieron diversos contactos, e incluso embajadas enviadas por ambos bandos al rey persa, debido a la clara evidencia de que ninguno de los bandos podía lograr una clara victoria sobre el otro: los hoplitas espartanos ganaban los combates de mayor envergadura, pero eran burlados una y otra vez por tropas ligeras de los aliados.

En 392 aC se envió una embajada con el fin de formar un tratado de paz. Junto a Andócides marchaban Epícrates de Cefisia, Cratino de Esfeto y Eubúlides de Eleusis. A pesar de contar con plenos poderes, los embajadores decidieron remitir la cuestión a la Asamblea, cuya ratificación intentó Andócides mediante el discurso que nos ocupa.

Como ya sabemos, los embajadores fueron finalmente descalificados y acusados de ocultar importantes concesiones a Esparta. Además de perder la confianza del pueblo, se atrajeron las iras de los demócratas radicales, partidarios de continuar la guerra. A petición de Calístrato de Afidna, Andócides y los otros embajadores fueron enviados al destierro. Mas Atenas saldría derrotada de la guerra, y los procesamientos y condenas se sucederían.

En el discurso, además de manipular las condiciones de paz (al omitir la entrega de diversas ciudades al persa), el orador comete continuos errores históricos, siendo los más notables la confusión de las fechas de la institución de la caballería ateniense y la construcción de los muros largos y de los astilleros. Aún así, estos defectos no desvirtúan un discurso que es técnicamente mejor que los anteriores de Andócides, al existir un mayor dominio de los recursos retóricos e incluso de los procedentes de la enseñanza sofística.

El proemio del discurso recuerda a sus oyentes que ya antes se han realizado otros tratados de paz con los lacedemonios, y describe en qué condiciones se llevaron a cabo. También compara las condiciones del tratado ofrecido por los espartanos y las que debieron aceptar acabada la guerra del Peloponeso, intentando demostrar así que no se encuentran ante una rendición. A continuación trata de demostrar que no es necesario seguir luchando, pues la paz evita las injusticias contra Atenas y también contra sus aliados, y por si fuera poco los recursos no son suficientes. Alega que los espartanos están dispuestos a hacer conseciones por el bien de todos los griegos, a pesar de haber resultado vencedores en las tres batallas más importantes (a orillas del Nemea en 394 aC, en Coronea en el mismo año, y en Léqueo, puerto de Corinto, en 392 aC). A su vez los beocios, que comenzaron la guerra al no permitir que Orcómeno fuera independiente, aceptan ahora esa condición. El orador recuerda que acabada la guerra del Peloponeso fue gracias a los espartanos que la ciudad no fue destruida o esclavizada. Tras dar cuenta de sus razones para no haber usado los plenos poderes (pues la situación es demasiado importante y afecta a toda la ciudad), el discurso se cierra de forma breve.

pseudo Andócides: Contra Alcibíades

Discurso nunca pronunciado, y seguramente no escrito por Andócides, pues el orador habla de sus cuatro procesos anteriores y de sus servicios como embajador. Tampoco el estilo de esta obra, repleta de antítesis y participios concertados, que evita las palabras arcaizantes y el hiato, concuerda con el del resto de sus discursos conservados. Adjudicarlo a Andócides fue, probablemente, porque se trata en él la inmoralidad de Alcibíades, tal y como sucede en Sobre los misterios.

El discurso versa sobre una inminente votación en la que va a ser castigado con el ostracismo (el destierro del Ática por diez años) uno de estos tres políticos: bien Nicias, demócrata moderado; bien Alcibíades, demócrata radical; o bien la persona que pronuncia el discurso. Los tres han sido propuestos para esa pena, no sabemos ni cuándo ni por qué.

Por supuesto, lo primero que debe llamar la atención es que no existe un discurso de defensa ante una hipotética condena de ostracismo, cuya mecánica nos ha llegado bastante clara. Por otro lado, las fechas internas no concuerdan entre sí, pues el proceso debería ser anterior al asunto de los Hermes mutilados (en 415 aC), pero se nombra a un hijo que tuvo Alcibíades en una fecha posterior.

En cuanto a este tercer personaje, negada la autoría de Andócides, se pensó en Féax, alineado con los representantes de la oligarquía moderada, quien en 417 aC intentó deshacerse por todos los medios de Alcibíades, componiendo, según Plutarco, un discurso. Pero éste no puede corresponderse con la obra que tratamos, pues como ya hemos indicado se narran acontecimientos posteriores a esa fecha.

La solución al problema de la autoría radicó en atribuirlo a la escuela retórica de Isócrates, que hacia 396 aC escogió la figura de Alcibíades como motivo central de varios discursos, deliberativos o judiciales, destinados a la formación de futuros oradores. Otros discursos sospechosos de formar parte de este corpus son Sobre el tiro de caballos, del propio Isócrates, y dos insertos entre los de Lisias, ambos Contra Alcibíades.

El discurso es una acusación contra Alcibíades, e incluye así mismo pequeños puntos de elogio a Nicias. El preámbulo alude a la dificultad de que todos los ciudadanos dejen aparte sus orientaciones políticas para la votación (ya que, al contrario de lo que sucede en los procesos, votarán todos, y no únicamente los elegidos aleatoriamente). En cuanto a su supuesto odio hacia el vulgo y su carácter sedicioso, el orador expone que ya en cuatro ocasiones ha sido absuelto, por lo que es injusto que ahora pueda ser expulsado por esta causa. Esto le lleva a repasar la vida de Alcibíades, y no la suya: el aumento del tributo de las otras ciudades (causa de su odio) y la apropiación de fondos por lo que respecta al gobierno de la ciudad, el ultraje de su propia esposa y las maquinaciones para el asesinato de su cuñado en el plano personal. También relata diversos incidentes de su victoria en Olimpia, a fin de demostrar que la ciudad y la democracia nada significan para él. Finalmente, el discurso termina con un recordatorio de las embajadas y liturgias realizadas por el propio orador.

Andócides: Sobre los misterios

En 399 aC, pocos años después de su regreso a Atenas, Andócides es acusado por Cefisio, Epicares y Meleto (éste último miembro de la misma hetería que el orador, hasta el terrible suceso de los Hermes mutilados) de cuatro cargos: parodiar los misterios de Deméter y Perséfone, realizar una ofrenda a Deméter durante esta celebración, participar en diversos actos (incluyendo los habidos en los templos) siendo reo de impiedad por los otros cargos, y traicionar a sus compañeros de facción al haberlos delatado como profanadores de los Hermes. Además, se tildaba a Andócides de traidor a su familia, a sus camaradas y a su patria. Parte de la acusación (un mutilado segundo discurso) nos llega de la mano de Lisias, en Contra Andócides.

Así pues, el dramatismo de la situación personal se entremezcla con una complicada intriga política, dominada por las conjuras. Sobre los misterios es un largo discurso, en apariencia mal articulado y confuso, que tiene por objeto rebatir no sólo los cargos formulados, sino también la mala imagen que los jueces podrían tener del orador. A pesar de su avasalladora victoria, los críticos modernos no encuentran muy acertada la composición de esta obra, viendo en ella fallos retóricos, períodos poco respetuosos con la corrección sintáctica, exceso de poetismos, y sobre todo una prosa prolija, perdiéndose en minucias que parecen negar al conjunto un esquema definido. Pero Andócides posee también pasajes muy felices por su fuerza expresiva o por su habilidad en la descripción de los acontecimientos y del estado de ánimo de quienes los vivieron. Su capacidad de persuasión consigue que el lector u oyente se ponga de su lado, por la forma en que traslada su situación personal al plano de los intereses comunitarios, y por el carácter de confesión pública y tensa catarsis que posee el discurso.

El extenso proemio trata principalmente de su presencia voluntaria ante los jueces (ya que podría partir hacia Chipre, donde tiene propiedades), y toca marginalmente el tema de la conspiración de los acusadores. Declara entonces su intención de exponer los hechos tal y como ocurrieron, respondiendo así a las diferentes acusaciones. Así pues, comienza por explicar la parodia de los misterios realizada quince años antes, y el ingente número de acusaciones, y demuestra que con su delación se salvaba no sólo él, si no también su padre, por lo que no pudo acusar a éste.

Procede a continuación con el asunto de los Hermes, recordando que la delación de Dioclides (quien dijo haber visto a unos trescientos, nombrando a unos cuarenta que había reconocido por ser luna llena), ya había sido rechazada porque la noche del incidente había luna nueva. Relata la estancia en prisión y la solicitud de sus parientes, motivos que le llevaron a delatar a cuatro compañeros de hetería y lograr así que se conociera la verdad del caso.

Luego pasa a considerar que el decreto de Isotímedes, que excluía de las ceremonias religiosas a los que habían cometido o confesado actos de impiedad, a él no le afecta. Por si fuera poco, ese decreto está abolido gracias a la amnistía general promovida por Patroclides, el punto final de un proceso que el orador va desgranando y demostrando con las diversas leyes y decretos establecidos. Extiende el resultado de su propio proceso a toda Atenas, pues unos podrán ser juzgados por delitos anteriores, y habrá venganzas y acusaciones infundadas por parte de sicofantas.

Por lo que respecta a la ofrenda en tiempo de los misterios, el orador acusa a Calias de tramar una conspiración contra él a base de mentiras, simplemente con el fin de lograr para su hijo un matrimonio con una huérfana dentro de la familia de Andócides. Tras atacarle de diversas formas, el discurso termina con un epílogo en el que el orador solicita la ayuda de los jueces como familiares suyos, pues él es el último de su casa.

Andócides: Sobre su regreso

Hastiado de la indiferencia y del menosprecio de sus conciudadanos, Andócides decide finalizar su exilio en 415 aC, dispuesto a retomar sus derechos y obligaciones como ateniense.

Con esta pretensión, prepara y pronuncia este texto, que toma la forma de un discurso de defensa ante unos jueces; una apología, por tanto, de su vida pasada. En primer lugar, un proemio relaciona a sus viejos acusadores con los sicofantas de oficio. Luego justifica su actuación poniendo como excusa la vida de su padre (que sería salvada si delataba), y se lamenta de su desdicha y mala fortuna.

Explica así su deseo de exiliarse: «me di perfecta cuenta de mis propias desgracias, (...) unas veces por efecto de mi misma insensatez, otras por imposición de los asuntos que se me presentaban, entendía que era más llevadero atender tales empresas y dejar transcurrir mis días allí donde menos llegara a estar a merced de vuestras miradas». Cuenta también que más adelante decidió beneficiar de algún modo a la ciudad, para lograr así ser aceptado de nuevo como ciudadano. En consecuencia repasa sus servicios a la flota de Samos, sus gestiones encaminadas al abastecimiento de la propia Atenas, y los merecimientos de sus antepasados.

El discurso es proporcionado y de composición cuidada, proclive a la antítesis y sin flaquezas sintácticas.

La fecha exacta de la obra es desconocida, pero debe situarse entre 411 aC, cuando sucede la revolución oligárquica de los Cuatrocientos, y 405 aC, año del decreto de Patroclides, que devolvía los derechos ciudadanos a muchos proscritos.

Andócides: Introducción

Seguimos para este autor la primera edición en nuestra lengua, un volumen de Biblioteca Clásica Gredos que contiene sus obras y las de Antifonte, traducidas por Jordi Redondo Sánchez.

Andócides nace hacia 400 aC en el demo Cidataneo. La familia de su padre, Leógoras, formaba parte del clan de los Cérices, vinculado desde antiguo al culto de las clases nobiliarias atenienses. El orgullo de este origen será reflejado en diversos puntos de sus obras, al recordar las gestas de sus antepasados o los beneficios recibidos por la ciudad. Siguiendo la tradición, Andócides ocupó diversos cargos de orden público, y llevó a cabo sus obligaciones como sacerdote y anfitrión.

Se vio implicado en el famoso, o infame, caso de los Hermes (mutilación de dichas estatuas realizada en la víspera de la partida de guerra hacia Sicilia). Al parecer, tanto él como su padre y otros familiares se vieron envueltos en la investigación como miembros de heterías oligárquicas (pequeñas agrupaciones semisecretas con fines políticos). Debido a los delatores la denuncia se fue ampliando, y el mismo Andócides implicó a cuatro compañeros de facción, aún libres, para salvarse a sí mismo y a su familia.

Una vez absueltos, el resentimiento logró que la Asamblea y el Consejo proclamaran un decreto que excluía de los actos políticos y religiosos a todo aquel que hubiera sido reconocido como reo de impiedad. Esto llevó a Andócides al exilio: Sicilia y la Magna Grecia, el Peloponeso y Tesalia, el Helesponto y Jonia, y principalmente Chipre. Por sus actividades, medio políticas medio comerciales, logra la protección de algunos señores y una nueva fortuna.

En el invierno de 412 a 411 aC intenta ganarse el favor de los atenienses, enviando a la flota de Samos madera, trigo y bronce, y luego trata de regresar a su ciudad, justo en el momento de la presencia en el gobierno de los oligarcas. Éstos le tratan como enemigo, pues la flota de Samos estaba de forma manifiesta a favor del retorno de las garantías democráticas. Acogido a sagrado y encarcelado, será liberado a la caída del régimen. Es entonces cuando pronuncia Sobre su regreso.

Sospechoso de haber mantenido un doble juego, los demócratas lo mantienen alejado de la vida política, y Andócides decide continuar su exilio. Cuando la situación contra Esparta se precipita, en 405 aC, y Atenas llama incluso a sus hijos indeseables, nuestro orador no regresa (no sabemos si por despecho o por impotencia). Tras el gobierno de los Treinta Tiranos y la proclamación de una amnistía general, ya en 402 aC, Andócides regresa a Atenas, y comienza su vida ciudadana: cargos públicos, litigios, intervenciones en la Asamblea y el Consejo, etc.

Pero sus enemigos no descansan, y el 399 aC se desata una campaña contra él, incluido un discurso acusatorio atribuido a Lisias. Pero su discurso Sobre los misterios y el apoyo popular le dan una sonada victoria.

En 392/391 aC, Andócides formó parte de una embajada plenipotenciaria que Atenas envía a Esparta para gestionar un tratado de paz que acabe con la guerra corintia. Los hechos no están claros, pero a su regreso los embajadores traen sólo una propuesta para la Asamblea, que fue defendida por nuestro orador con Sobre la paz con los lacedemonios. Sospechosos de traición a la patria, y tal vez víctimas de las luchas de partidos, los embajadores fueron enviados al exilio. Las noticias sobre Andócides acaban aquí, e ignoramos la fecha o el lugar de su muerte.

En cuanto a su producción, debemos observar que nunca llegó a dominar los recursos de la retórica como un experto, lo que no fue óbice para que Isócrates y Esquines se interesaran por diversos motivos. Empleó el ático antiguo, como Antifonte, aunque su mayor juventud lo acerca al ático nuevo de Lisias. No es tan rico estilísticamente, y tampoco resulta brillante: abundantes anacolutos, repeticiones de palabras e incluso de oraciones y ciertos coloquialismos sintácticos son algunos de sus rasgos. Aún así son interesantes algunas novedades, un léxico variado y sugestivo, y ciertos puntos de contacto con el drama, la prosa historiográfica o la de los sofistas. Su falta de oficio se ve compensada por su naturalidad narrativa, y las imprecisiones y descuidos contrastan con el uso de sus propias vivencias.

En cuanto a sus obras conservadas, son bastante escasas, reduciéndose a tres o cuatro discursos:
También nos ha llegado un título más, A sus camaradas, del que nada podemos saber. Conservamos muy pocos fragmentos de otras obras, y sólo dos alcanzan una mínima extensión.

Antifonte: Tetralogías

Las Tetralogías son tres series de cuatro discursos (acusación, defensa, y sus correspondientes dúplicas) cuyo objetivo real  no está todavía completamente claro, pues no parecen preparadas exclusivamente para el ámbito escolar. Los discursos no se centran en el análisis de los hechos, sino en la versión que de ellos hace el adversario.

Su adecuación al derecho ático es escasa (por ejemplo, existía en éste la exculpación de un homicidio por defensa propia, que en estos discursos se niega) y su empleo de las fórmulas retóricas es opuesto a la oratoria judicial ática, incluidos los otros discursos de Antifonte. La lengua está llena de innovaciones, que dejan clara la voluntad del autor por la experimentación literaria.

El trasfondo ideológico de estas piezas es una curiosa mezcla de sofística y tradicionalismo, en la que la primera aporta la realidad y el segundo la apariencia. El gran protagonista de las series es el maridaje entre la justicia y la divinidad del infortunio, la Fortuna. Estamos, pues, ante un adelanto de lo que será uno de los pilares ideológicos de la Grecia helenística: la sustitución de las antiguas tradiciones por un culto protagonizado por el individuo.

Veamos el resumen de cada discurso por separado.

- Tetralogía primera

Un hombre que volvía de una cena fue hallado muerto de una paliza, junto a un esclavo que lo acompañaba. Un familiar acusa a un enemigo personal del asesinato, pero éste niega los hechos.

I. Acusación de homicidio sin señalamiento de responsable. En el proemio no se presenta una exposición de los hechos. El orador va demostrando que no mató a la víctima ninguno de los que podrían ser considerados sospechosos. Luego pasa a demostrar que la muerte se debió a una conjura, incidiendo en la voluntariedad del hecho. El testimonio del esclavo (que quedó con vida pero al parecer murió de las heridas sufridas) suple la requisitoria de pruebas periciales. El discurso cierra con una digresión sobre la impiedad del acto.

II. Discurso de defensa en relación con el mismo proceso. El orador confiesa su antigua enemistad con la víctima, pero niega el crimen, alegando que precisamente esa enemistad lo pone bajo sospecha, y por tanto que sería ilógico cometerlo. Intenta presentar el testimonio del esclavo como una calumnia, al estar manejado por sus amos.

III. Último discurso de la acusación. El orador trata de rebatir que el criado sea indigno de crédito, e insiste en el motivo que le achaca al asesino: que la víctima era su acusador en un juicio, y muerto él, éste no se celebrará. La intervención finaliza con el recuerdo de la petición de venganza por parte del asesinado.

IV. Último discurso de la defensa. Como prueba de no haber cometido, el orador alega que no salió a parte alguna aquella noche, y pone a sus esclavos a disposición del interrogador. Además de llamar a la piedad hacia alguien injustamente acusado, recuerda que su condena dejará libre al verdadero culpable.

- Tetralogía segunda

Dos muchachos estaban lanzando la jabalina, resultando uno de ellos muerto, al correr bajo el alcance del dardo. El padre del joven acusa al lanzador de la jabalina de homicidio, mas el padre de éste, que se ocupa de la defensa, traspasa la culpa al propio fallecido.

I. Acusación de homicidio involuntario. Brevísimo discurso que, según el orador, no espera réplica, pues los hechos están claros.

II. Defensa de un cargo de homicidio involuntario. El orador, como ya hemos dicho, invierte en cierto modo los hechos, al hacer responsable de la muerte a la propia víctima.

III. Último discurso de la acusación. Después de acusar al contrario por su falsa modestia, intenta mostrar lo absurdo de su proposición, y entonces acusa al homicida de haber ignorado el momento de recogida de las jabalinas.

IV. Último discurso de la defensa. Prácticamente una repetición del anterior.

- Tetralogía tercera

Como consecuencia de un altercado entre un joven y un anciano, éste muere. El joven es acusado, pero alega que comenzó la reyerta el fallecido.

I. Acusación de asesinato contra uno que dice haber actuado en defensa propia. Tras un corto proemio sobre la ley que pena al asesino, el orador expone que el joven, quien por estar borracho no supo frenar la pelea, no merece conmiseración alguna.

II. Discurso del acusado de un cargo de homicidio, en la idea de que mató en defensa propia. El orador traslada el crimen al médico que hizo la cura, invirtiendo en todo lo demás el discurso acusatorio.

III. Último discurso de la acusación. Alega que es más probable que se embriaguen los jóvenes, y también que inicien peleas. Así mismo, el criminal es quien mató, independientemente de quién iniciara la reyerta. En cuanto al médico, está libre de culpa, pues aunque se equivocara en el tratamiento, el culpable sigue siendo quien con sus acciones obligó al otro a recurrir a las curas.

IV. Último discurso de la defensa. Pronunciado supuestamente por un amigo del acusado, pues éste se ha ausentado. Además de repetir los mismos argumentos, acepta que si la víctima llegó al médico, fue por los golpes recibidos, pero en ese caso la culpa sería de él mismo, por iniciar la reyerta.

Antifonte: Sobre el asesinato de Herodes

Discurso de complicado argumento en el que, de nuevo, al motivo económico parece sumársele el político.

Euxiteo es un ciudadano de Mitilene, ciudad aliada de Atenas. En un viaje a Eno coincide en el barco con Herodes, un ateniense establecido como cleruco en Lesbos y enemistado con un tal Licino, también ateniense, que los acusadores relacionan con Euxiteo. Estando en Metimna, en la isla de Lesbos, cambiaron de nave. Ya instalados, Herodes salió de la nave para no regresar. Al ver el regreso de Euxiteo en solitario, los parientes del finado lo denuncian como malhechor, y en el litigio lo acusan de asesinato. Habida cuenta del contexto de luchas intestinas en Lesbos, no sería de extrañar que la acusación hubiera urdido una confabulación para obtener la condena de Euxiteo a fin de vengarse de su padre.

Tras un largo proemio que incluye el tópico sobre la inexperiencia como litigante, lo que le llevará a estar más atento a la verdad, el orador pasa su defensa, basada en que el proceso no es conforme a derecho, pues una acusación de homicidio voluntario y con premeditación debiera ser juzgada en el Areópago, y no frente a un tribunal de ciudadanos. Así pues, el orador concluye, después de dar su versión de los hechos, que de producirse su condena, el error de procedimiento conllevaría la impiedad de los jueces ante los dioses. La única solución pasaría por absolverlo del presente juicio y convocar otro proceso de forma correcta, lo cual sería bastante injusto, pues los acusadores, aún con la impiedad e injusticia de su demanda, gozarán de una segunda oportunidad, mientras el procesado deberá probar su inocencia dos veces.

Por ciertas referencias esta obra, que siempre ha causado admiración por su emotividad y por la altura artística de su prosa, puede datarse entre el 417 y el 414 aC. El análisis lingüístico, además, refleja las coincidencias con Sobre el orador.

Antifonte: Sobre el coreuta

La motivación política en este proceso es clara. El acusado es un miembro del Consejo, lo bastante rico como para sufragar una coregía y dedicado a acusar a funcionarios corruptos. Contra él, los familiares de un chico que ha sido envenenado. Por si fuera poco, como beneficiarios de este proceso aparecen unos ciudadanos cuya implicación en negocios delictivos ya ha sido probada por el actual acusado tiempo atrás. La situación política es la que causa que el acusado ataque a los que considera sus adversarios rivales, en lugar de a quienes han presentado formalmente la denuncia.

Las circunstancias del envenenamiento son inusuales: El corego acusado hacía instruir en su propia casa a los chicos que iban a formar el coro. Uno de ellos, de nombre Diódoto, tomó un preparado que le ayudaría a entonar correctamente, muriendo al instante. Así que el padre del chico acusa al corego como autor del crimen, tomando como inicio el hecho de que los jóvenes entrenaran en su casa, algo imposible de recriminar pero convincente de cara a una sospecha.

Después de un largo preámbulo sobre la importancia de una acusación de asesinato, el acusado ataca a los demandantes, a quienes, según su versión, mueven el engaño y la calumnia, pues aplican sus argumentos a sus actividades públicas. A continuación, el acusado explica pormenorizadamente su actuación durante la coregía, detallando a quienes puso al cargo de todo, ya que él no podía por haber denunciado a dos ciudadanos (así que no estaba presente cuando Diódoto tomó el veneno). También alega como prueba de su inocencia el hecho de que sus acusadores no deseen interrogar a los esclavos y que su acusación ocurriera a partir del entierro del muchacho, mientras que en los días que median entre la muerte y el funeral hablaban con él. Considera entonces que la acusación es una estratagema forjada por los dos ciudadanos contra los que va a declarar para apartarlo del proceso, ya que de ser declarado culpable perdería sus derechos de ciudadano. Esto ya lo intentaron tiempo atrás, cuando acusaron a un tal Lisístrato, pero no tuvieron tiempo de llevarlo a cabo y debieron reconciliarse con la acusación. El discurso termina insistiendo en la falsedad del proceso y el motivo político que se esconde tras el mismo.

El texto conjuga partes muy elaboradas, en cuanto a la construcción del período y su ornamento, con otras en las que el autor opta por los recursos de mayor efecto emotivo.

Las indicaciones contenidas en el propio discurso permiten fecharlo en el 418 aC, cuando el acoso de los círculos oligárquicos al poder democrático comenzaba a ganar en virulencia. Se pronunció ante el tribunal del Paladio.

Antifonte: Contra su madrastra por envenenamiento

El análisis de su lengua y estilo nos permite suponer que este es el discurso de Antifonte más antiguo de los conservados. La intriga y el misterio que se halla en él se tornan en un episodio auténticamente novelesco, lo cual ha hecho que algunos estudiosos se planteen su autenticidad como discurso judicial, planteándolo más como un ejercicio retórico.

Filóneo era amigo del padre de quien pronuncia el discurso y ocupaba el piso superior de su casa. Tenía una concubina a la que había amenazado con abandonar en un prostíbulo. El padre del orador, muerta su esposa, puso una madrastra al cuidado de su hijo, y ella engañó a la concubina para, con la excusa de recuperar a sus respectivos amantes, eliminarlos a ambos. Con ocasión de una celebración, la concubina les da veneno en un bebedizo (creyendo que es un filtro amoroso). Filóneo, que bebió más, muere inmediatamente, mientras que el padre del orador falleció después de veinte días de dolencia. La concubina, tras confesar bajo tortura, fue ejecutada.

El discurso se dirige al hijo de la madrastra, que es quien habla por el bando contrario. Después de usar el tópico de su juventud e inexperiencia, el orador presiona a los jueces para que ignoren el parentesco entre la víctima y la acusada, y se fijen en el propio crimen. Acusa al bando contrario de no permitir la tortura de los esclavos para obtener las declaraciones, lo que ha resultado en que sus versiones no concuerden, y de obstaculizar las indagaciones. Insiste de diferentes formas sobre estos dos puntos, que considera por sí mismos una evidencia. Luego pasa a resumir su versión de los hechos, y finalmente recuerda a los jueces la satisfacción debida a los familiares.

El uso de recursos dramáticos y lo arcaico de la lengua alejan este texto de otras obras de Antifonte. La escasez de innovaciones y la importancia del contenido dramático también son inusuales en él.

Nada permite aventurar una fecha para este discurso, y sólo podemos decir que fue pronunciado en el Areópago, como corresponde a una acusación por homicidio voluntario.

Antifonte: Introducción

Seguimos para este autor la primera edición en nuestra lengua, un volumen de Biblioteca Clásica Gredos que contiene sus obras y las de Andócides, traducidas por Jordi Redondo Sánchez.

Antifonte nació en el demo ático de Ramnunte hacia 480 aC, en el seno de una familia aristocrática. Su padre, Sófilo, le enseñó el arte de la retórica, y enseñándolo a su vez y mediante el ejercicio de la logografía se ganó la vida. Poco más sabemos de su vida (un Antifonte fue arconte en 418/417 aC, pero no sabemos si se trata del mismo personaje), excepto que en 411 aC, a la caída del régimen oligarca de los Cuatrocientos, fue sentenciado a muerte por traición. La condena fue ejemplar: se le confiscaron los bienes, se arrasaron sus propiedades, se prohibió enterrar su cadáver en suelo ático y sus descendientes perdieron los derechos civiles.

A pesar de tan señalada participación política, se dejó ver poco por la Asamblea o el Consejo, enemistado como estaba con la causa de los demócratas, que combatió con ahínco. También nos da una idea de su orgullosa personalidad la negativa a implorar la conmiseración de los jueces, tal y como vemos en uno de los fragmento conservados de su discurso de defensa.

La tradición recoge que Tucídides fue alumno suyo, y aún siendo falsa esa noticia, en el breve elogio que aparece en su Historia, encontramos una inequívoca emoción personal.

Respecto a Antifonte tenemos el problema, descubierto en el siglo I por Dídimo de Alejandría, de que en realidad la tradición unió a dos personajes diferentes, un Antifonte sofista autor de La verdad, Sobre la concordia y Político, y el orador que nos ocupa. La obras de este último incluyen las Invectivas contra Alcibíades, un manual de retórica, un libro de Proemios y epílogos (tal vez un capítulo del anterior), y diversos discursos. Sin embargo, la mayor parte de obras se reducen hoy día a fragmentos, por lo que su estudio se basa principalmente en los discursos, que le llevaron a estar considerado el primero de los diez oradores.

Salvo Sobre el asesinato de Herodes, las otras obras han sufrido el que se las señales como apócrifas. Así, Contra su madrastra por envenenamiento se ha calificado de obra de juventud o destinada a la enseñanza, y las ficticias Tetralogías han salido mal paradas al ser comparadas con la estructura canónica del discurso judicial ático. Pero esto se debe a que contienen rasgos lingüísticos y estilísticos de extrema novedad, muy alejados de un discurso judicial real.

Su estilo es a menudo arcaizante, muy literario a veces, caracterizado por el uso de la antítesis, las repeticiones, y las fórmulas legales y retóricas. Se adapta a registros muy diversos: alterna pasajes casi conversacionales, dominados por las repeticiones y los anacolutos, con otros en los que se recrea en las figuras de alta escuela o incluso contienen períodos rítmicos. No faltan neologismos o alusiones a pasajes y episodios de la literatura y la historia áticas.

Éstas son las obras de Antifonte conservadas:
Además de algunos fragmentos de diversas obras, entre las que se incluye el género judicial (como su propio discurso de defensa del 411 aC, Sobre el golpe de estado), la propaganda política (representada por las Invectivas contra Alcibíades) o los manuales técnicos (como Proemios y epílogos). Ningún fragmento tiene una dimensión suficiente como para ser de interés. Las fuentes de estos fragmentos son de dos tipos: las citas de otros autores posteriores, o bien los hallazgos papiráceos.

Platón: Critias o Atlántico

Continuación del Timeo, tanto en lo formal como en el tema. La obra quedó inconclusa. Se describe el conflicto entre el antiguo estado ateniense, un gobierno ideal, aristocrático, y la monarquía que corresponde al imperio enemigo de la Atlántida, situado más allá de las columnas de Heracles. En un caso proyecta los rasgos esenciales de la constitución ateniense en el pasado, y en el otro los de las constituciones lacedemónicas o incluso las de la Persia contemporánea.

Se estructura en cuatro partes, aunque como hemos indicado queda bruscamente interrumpido. En la introducción (106-109a) Timeo celebra haber terminado su extenso discurso y cede el turno a Critias. Éste indica la disposición de su exposición: el orden político de la antigua Atenas, el del imperio de la Atlántida y la guerra entre ambas potencias.

La segunda parte (109b-112b) describe el orden político de Atenas, propiciado por la implantación del concepto de organización en las mentes de los habitantes del Ática por parte de Hefesto y Atenea. Los antiguos atenienses vivían en un estado rústico, trabajando en la agricultura y la artesanía. Los guerreros vivían apartados de los demás, en la parte alta de la Acrópolis.

La tercera parte (113a-120d) está constituida por la descripción geográfica y político-militar del imperio de la isla Atlántida, embellecida por Poseidón. De éste y de Clito, la hija de sus primeros habitantes, nacen cinco pares de gemelos varones entre los que se distribuye el dominio de la isla, que llega hasta Egipto e Italia. Del mayor, llamado Atlas, toma nombre la isla y el océano que la baña. Su territorio es rico, y un complejo sistema de puentes, canales y anillos de tierra unían su centro con el mar exterior. Durante generaciones llevaron una vida ejemplar basada en el respeto a los dioses y en el trabajo en común.

La cuarta parte (120e-121c) comienza a relatar el cambio de los habitantes de la Atlántida, cuya naturaleza divina los fue abandonando, y su conversión a seres injustos, arrogantes y soberbios. Zeus decide poner remedio a este estado, y reúne a todos los dioses. Así acaba el fragmento.

Platón: Cartas

Las epístolas atribuidas a Platón que nos ha legado la tradición son dieciocho, aunque cinco de ellas (de la XIV a la XVIII) son tan evidentemente falsas que la mayoría de editores ni siquiera las publican. El resto han tenido sobre ellas la duda sobre su autoría, al menos desde el Renacimiento.

Durante la segunda mitad del siglo XIX se produce un cambio en esta visión, al aclararse las aparentes inexactitudes históricas y comprobarse que la lengua era la misma que en los diálogos platónicos (aunque la estilometría es más fiable cuanto más extenso sea un escrito). Es posible, verbigracia, que muchas de estas cartas fueran obra de discípulos de Platón, con la intención de propagar la fama de la Academia. Sea como fuere, algunas cartas revelan discrepancias entre sí (como las ocho que tratan temas de Siracusa), por lo que no todas pueden ser auténticas. Son especialmente sospechosas aquéllas que tocan temas de carácter privado, pues de ser auténticas no pudieron ser escritas para su divulgación. Al mismo tiempo, la existencia de esta tradición de cartas platónicas puede haber surgido de una original (probablemente, la VII, que es la de mayor extensión, la de argumentos más importantes, y de la que beben algunas de las otras, tanto en ideas como en expresiones concretas). Una clasificación de las cartas según su posible autoría platónica quedaría como sigue:
  • Seguramente falsa: I
  • Probablemente falsas: IV, V, IX, X, XII, XIII.
  • De autenticidad dudosa: II, III.
  • De autenticidad incierta: VI, VIII, XI.
  • Probablemente auténtica: VII.
La importancia de estas epístolas, si bien marginal, es mostrar la personalidad de Platón y ser testimonio de la azarosa vida siracusana del siglo IV aC, ya que la mayoría de ellas, las más importantes, se dedican a estos asuntos. De hecho, si son ordenamos por el destinatario, se obtienen tres grupos:
  • Las cartas a Dionisio: I, II, III y XIII.
  • Las cartas a Dión o a sus amigos: IV, VII, VIII y X.
  • El resto, enviadas a otros gobernantes y hombres de estado.
En cuanto a su orden cronológico, nosotros las estudiaremos siguiendo su fecha interna esto es, la fecha en que fueron escritas (si son auténticas) o en que pretenden haber sido escritas (si no lo son). Al basarnos únicamente en referencias a hechos fijos, en muchas ocasiones debemos conformarnos con un margen de varios años.

Carta X:

Compuesta únicamente por tres oraciones, nada permite indicar que no sea de Platón, salvo su propia brevedad y el carácter privado del contenido. Bien pudiera ser un ejercicio retórico obra de un conocedor de los diálogos platónicos, pues hay una reminiscencia de su pensamiento (particularmente del libro VI de República). Va dirigida a un tal Aristodoro, del que nada sabemos. El autor le felicita por su lealtad, firmeza e integridad por mantenerse junto a Dión. La fecha interna se sitúa entre el 387 (el regreso de Platón de su primer viaje a Sicilia) y el 354 aC (la muerte de Dión).

Cartas IX y XII:

Ambas son muy breves, y ambas están destinadas al pitagórico Arquitas de Tarento (por tanto, la fecha interna es posterior al 387 aC). Por su carácter privado y su escaso contenido filosófico, la IX es probablemente falsa, a pesar de haber sido citada en un par de ocasiones por Cicerón. De la XII ya existían dudas en la Antigüedad; es un simple acuse de recibo de unos tratados pitagóricos, en respuesta a una carta anterior de Arquites, en la que se habla de Ocelo de Lucania, un pitagórico del siglo I aC. Se cree que ambas cartas pudieran participar de una corriente antiplatónica, que pretendía hacer de sus obras un plagio de las pitagóricas.

Carta XIII:

Cuenta con más rechazo que aceptación, y es completamente diferente al resto. Tiene un carácter estrictamente privado, y su fecha interna rondaría el 366/365 aC, poco después del regreso de Platón de su segundo viaje a Sicilia, y todavía en buenas relaciones con Dionisio. La epístola nos presenta a un Platón desconocido, relacionado con el tirano de Sicilia como un vulgar cortesano y hombre de negocios. En el tono obsequioso de la misiva (disimulado pero evidente) y en la acumulación de anécdotas, tal vez puede verse la mano de un falsificador antiplatónico, o bien la de un ensayista interesado (de forma malintencionada) en la intimidad de Platón. En la carta, el fundador de la Academia comunica a Dionisio el cumplimiento de diversos encargos personales, el envío de unas obras, y varios regalos que le ha comprado. Sigue una referencia a Dión (en la que parece hacerle cómplice del tirano sobre un tema del que sólo habla a medias) y diversos temas de interés privado.

Carta V:

Pasa por ser una carta a Perdicas de Macedonia (hermano mayor de Filipo), que fue rey de su tierra desde el 365 al 359 aC (la fecha interna de la carta). En respuesta a su solicitud de consejo, le envía a Eufreo, elogiando sus dotes políticas. Sabemos que Eufreo fue miembro de la Academia, y que murió al enfrentarse con los partidarios de Filipo, por lo que el escrito puede estar motivado por este hecho. La autenticidad de la epístola es sospechosa, y puede verse más como un ejercicio retórico que reelabora pasajes de la carta VII y emplea ideas de otros diálogos (como Político o República). Su intención apologética permite inscribir el texto en la rica tradición que defendía a Platón de no implicarse en la política ateniense, y ofrecer sin embargo consejos a los gobernantes extranjeros.

Carta XI:

Respuesta a una petición de colaboración para un código de leyes que, en relación con la fundación de una colonia, le ha presentado Laodamante. Este debe de ser el matemático de Tasos, y en tal caso la carta podría tener la fecha interna de 360/359 aC, pues en ese año los tasios fundaron dos colonias. Además, esto coincidiría con la edad avanzada de Platón indicada en el texto. Nada parece indicar que se trate de una falsificación

Carta I:

No puede haber sido escrita por Platón y debe de ser, más bien, un simple ejercicio retórico, como pone en evidencia la acumulación de citas poéticas en un texto tan breve. En la ficción de la epístola, Platón ha regresado a Atenas tras su tercer viaje (por lo que la fecha interna estaría situada en el 360/359 aC), y envía a Dionisio un reproche sobre su trato indigno y su tacañería.

Carta II:

Pretende contener las respuestas a algunas cuestiones planteadas por Dionisio mediante la intervención de Arquedemo (discípulo de Arquitas de Tarento). Tras comenzar con una defensa de sus amigos, que habrían censurado en Olimpia al tirano, pasa a hablar de los términos en que debe desarrollarse su relación; para ello introduce una serie de lazos entre la sabiduría y el poder. De aquí pasa a los estudios de Dionisio, con una breve alusión a la geometría; a continuación discute la actitud del tirano ante la filosofía y ante su persona. Después de unos párrafos referidos a lo inconveniente de que las doctrinas esotéricas lleguen a conocimiento de la multitud, la carta se cierra con una alusión a cuestiones personales. La datación interna depende de la fecha que se acepte para los Juegos Olímpicos mencionados: Sabemos que Platón acudió a los del 360 aC, pero resultaría extraño que la relación entre Platón y Dionisio siguiera en los términos expresados en el texto, habida cuenta del final del tercer viaje a Sicilia del fundador de la Academia. Pero 364 aC (Juegos para los que no tenemos referencia sobre la asistencia de Platón), tampoco cuadra, porque es improbable que tras el segundo viaje surgiera una conversación filosófica con Dionisio, que había mostrado su rechazo. Así pues, todo apunta a que la epístola es apócrifa y se basa en datos de la carta VII. Es probable que haya surgido de un círculo pitagórico, ya que algunos datos cobran mejor sentido en este ámbito: la alusión a una enseñanza oral, el secretismo, y la digresión filosófica sobre los tres principios.

Carta III:

Se supone escrita después del tercer viaje a Siracusa y antes de la expedición de Dión que desplazó a Dionisio del trono (por tanto, la fecha interna sería el 358 aC). La epístola se abre con un párrafo introductorio en el que se discute sobre la forma más conveniente del saludo (en unos términos más propios de un sofista retórico de época más tardía), para pasar a plantear los temas que va a desarrollar: la réplica a las calumnias que tuvo que soportar durante su estancia en Siracusa (la supuesta ingerencia de Platón en los asuntos políticos) y también a las que ahora se dejan oír contra él en la corte de Dionisio (según las cuales Platón habría estorbado dos planes del tirano: el restablecimiento de las ciudades griegas arrasadas por los cartagineses en Sicilia y la conversión en monarquía de la tiranía siracusana). Esta distinción entre calumnias viejas y nuevas parece calcar el motivo estructural de la Apología de Sócrates. Un breve párrafo conclusivo cierra la carta. Aunque muchos críticos suponen auténtico este texto, otros lo ven como apócrifo por su reelaboración de muchos pasajes de la carta VII.

Carta IV:

Dirigida a Dión después de apoderarse de Siracusa, cuando comenzaba a mostrar desavenencias con Heraclides (por lo que la fecha interna es 356 aC). Platón, sin ocultar sus simpatías, le escribe dándole consejos para que iguale sus éxitos militares con una buena actuación personal y una sabia conducta política. Esta epístola no contiene nada que convenza de su autenticidad: su actitud contrasta con la de la carta VII, donde se condenan las operaciones militares de Dión, tiene aire retórico, un pasaje parece imitar el Evágoras de Isócrates, e incluye una profecía que no viene a cuento.

Carta VII:

Dirigida a los amigos y asociados de Dión tras su asesinato (353 aC), es la carta de mayor enjundia (ocupa una extensión mayor que todas las otras juntas) y la que goza de mayor reconocimiento de autenticidad (aunque puede resultar obra de un estudioso posterior). Quiere responder a una petición de colaboración, pero claramente se trata de un texto abierto a la audiencia de siracusanos y atenienses, y contiene una descripción y una justificación apologética de la participación de Platón en los asuntos de Sicilia. Empieza con un exordio que expone su disposición a colaborar en los proyectos de Dión y hace un resumen de su propia formación política. Sigue hablando de su amistad con Dión, la muerte de Dionisio, su regreso a Atenas y su segundo viaje con Dionisio el Joven en el poder. Cuando llega al destierro de Dión interrumpe la exposición de acontecimientos para reflexionar sobre el propósito de su carta (los consejos sobre la situación del momento: no imponer un consejo, evitar la violencia, etc). Luego retorna a la discordia de Dionisio y Dión, el destierro de éste, la liberación de Siracusa, el asesinato de Dión y la personalidad de sus asesinos. Vuelve de nuevo al tema central para responder a la forma de llevar a cabo los planes de Dión (reformar a los ciudadanos, promulgar leyes equitativas, etc). Pasa otra vez a la narración de sus viajes, exponiendo cómo tuvo que ceder a las instancias de Dionisio y de Dión. Se dedica a explicarle al príncipe en qué consiste su verdadera filosofía, a cuya austera pedagogía no fue capaz de plegarse el tirano. Viene a continuación una larga digresión sobre la teoría del conocimiento. En ella, se plantea cómo es posible el conocimiento de las realidades objetivas, cuáles son los papeles de la intuición y del pensamiento discursivo. La respuesta es que el conocimiento requiere cinco factores: un nombre, una definición, una representación sensible (copia imperfecta y no permanente), el conocimiento (de los anteriores) y la realidad (el objeto genuino o Idea). Termina la digresión llegando a la conclusión de la falta de aptitud de Dionisio para la filosofía. Reanudando la historia, recuerda las peripecias de sus últimos días en Sicilia, sus diferencias cada vez mayores con el tirano y su completa ruptura. Después de muchos obstáculos, regresa a Atenas, deteniéndose en Olimpia, donde encuentra a Dión con sus partidarios. Termina la carta con reflexiones parecidas a sus consejos y se despide excusándose por la extensión de la epístola.

Carta VIII:

De autenticidad generalmente aceptada, esta epístola está dirigida a los mismos que la VII (los parientes y camaradas de Dión), y su fecha interna parece situarse pocos meses después que ella (353 aC), poco después de que Calipo, el asesino de Dión, fuera expulsado del poder por Hiparino, hijo de Dionisio I y sobrino de Dión. En ella, Platón trata de poner de acuerdo a los dos partidos en lucha, el de Dión y el de Dionisio, sin disimular la dificultad de la tarea. Empieza recordando todo lo que debe Sicilia a la casa real de Dionisio y haciendo ver que el resultado de una nueva guerra seria la esclavización por los cartagineses. Todos los griegos deben unirse para evitar la catástrofe, abolir el régimen tiránico y convertirlo en monarquía constitucional (sin absoluta libertad ni reacciones totalitarias). Como consejos prácticos (en boca de Dión) sugiere que establezcan una autoridad responsable a cargo de tres jefes: Hiparino, el hijo de Dionisio el Viejo y Dionisio el Joven.; y que convoquen una asamblea para que se nombre a tres guardianes de la ley y establezca tribunales. La extensión de la carta está llena de contenido político, ya que es la única que da detalles específicos de tipo constitucional y se acerca mucho a los principios y al lenguaje de Leyes. Si el autor no fue Platón (existen ciertas incoherencias históricas y pequeñas incongruencias con su pensamiento), sin duda tuvo muy en cuenta ese escrito y la carta VII.

Carta VI:

Dirigida a Hermías, tirano de Atarneo que alcanzó el poder hacia la mitad del siglo IV aC, con la intención de ponerlo en contacto con Erasto y Corisco, dos de sus discípulos naturales de Escepsis. La fecha interna de la misiva se situaría hacia el 350 aC, dado que Platón falleció en el 347 aC. Como la carta II (con la que guarda semejanzas), la epístola trata de la relación entre sabiduría y poder, ejemplificada ahora por los personajes: el político necesita la asistencia del filósofo, y éste requiere el apoyo de un hombre con poder. A pesar de que en general parece ser aceptada como auténtica, tres detalles pueden llevar a pensar lo contrario: la expresión «la sabiduría de las ideas» (para referirse a las enseñanzas de Platón) que no aparece nunca en los diálogos; que Platón parece no conocer a Hermías, lo cual entra en conflicto con lo legado por Estrabón; y la referencia a dos divinidades (padre e hijo) que introduce un aire religioso que, como la carta II, tiene sabor pitagórico.

Cartas XIV-XVIII:

Las cinco últimas cartas  no estaban incluidas en la colección conocida por Trásilo (siglo I aC) y no forman parte del corpus transmitido por los manuscritos principales; de hecho, el único códice en el que aparecen data ya del siglo XV. Tanto su estilo como su contenido niegan la paternidad platónica, por lo que como ya hemos indicado la mayoría de editores ni siquiera las publican. Es probable que procedan del ambiente cultural de la segunda sofística, a partir del siglo II. El interés de estos breves textos puede radicar en demostrar cómo el primitivo cuerpo de cartas platónicas (probable imitación, todo él, de la carta VII), se acaba convirtiendo de nuevo en modelo literario, recreado en épocas posteriores. Así, la epístola menos consistente del grupo anterior, la I, parece haber inspirado la carta XIV, emplazada a un siracusano (tal vez Dionisio) y empeñada en demostrar la misantropía de Platón. La XV pone a un tal Crenes bajo el cuidado de su destinatario (tal vez Dionisio). La carta XVI, casi un calco de la X, felicita a unos amigos por mantenerse cerca de Dionisio. La XVII, que toma como modelo la VI, indica a su desconocido destinatario que se ponga en contacto con Georgio, alumno suyo. Por último, la epístola XVIII es una carta de recomendación, probablemente destinada a Dionisio, para que se libere de prisión a un tal Calímaco.

Isócrates: Antídosis o Sobre el cambio de fortunas

Uno de los impuestos extraordinarios atenienses (llamados liturgias) más costosos era la trierarquía, consistente en sufragar el mantenimiento de un barco de guerra, incluyendo materiales, dotación, etc. A partir del 357 aC, una ley dejaba este pago en manos un grupo constituido por los doscientos ciudadanos más ricos de la ciudad.

Al año siguiente de la puesta en marcha de esa nueva ley, un miembro de estos ciudadanos, llamado Megaclides, alegó que no debía hacer frente a la trierarquía porque Isócrates era más rico que él, promoviendo así un proceso de cambio de fortunas (antídosis). Era un recurso legal válido que podía finalizar con el pago de la liturgia o, si el defensor perdía, con el intercambio de bienes entre las partes. Isócrates, defendido por su hijo adoptivo Afareo, perdió el proceso, y se vio obligado al cambio de fortunas.

El orador escribió después (354-353 aC) una obra en su descargo, como un alegato ante sus conciudadanos en el que se defiende de las falsas acusaciones y recorre su vida y sus ideas. Concretamente, para mantener la ficción de que habla en público, adopta el pretexto de que un cierto Lisímaco le ha acusado públicamente de corromper a la juventud y enriquecerse con su enseñanza.

Isócrates cita sus propias obras (a veces con discrepancias) para demostrar su coherencia ideológica a lo largo de sus ochenta años de vida, en el primer ejemplo histórico de un autor comentando su propia obra. Además, nos presenta a sus enemigos: los que enseñan la relatividad de los conceptos en aras de la efectividad retórica, de tal forma que expone con ciertas variantes las concepciones ya desarrolladas en Conta los sofistas. Pero el discurso arremete también contra la filosofía platónica, bien contra Platón, bien contra Aristóteles (que por entonces, siendo alumno de la Academia platónica, había criticado a los oradores por componer discursos aduladores hacia Grilo, el difunto hijo de Jenofonte, con cuya escuela competirá por obtener la educación de Alejandro de Macedonia). El paralelismo con la Apología de Sócrates de Platón es evidente, pues ambos convierten el discurso forense en una suerte de autobiografía. También comparte con Platón la inquietud (mostrada en su Carta VII, más o menos contemporánea a esta obra) que los filósofos sentían hacia los políticos en el poder, junto a la superioridad de la especulación sobre la práctica.

El largo discurso puede esquematizarse, siguiendo la numeración de los párrafos, en los siguientes puntos:
  • 1-13. Prólogo: Razones de Isócrates para escribir el discurso (cambiar de idea a los que piensan mal de él, y aclarar «mi manera de ser, la vida que llevo y la enseñanza a que me dedico»). Captatio benevolentiae (es ya anciano, y es mucho lo que deseaba decir con el discurso.
  • 14-25. Exordio: se aducen las dificultades de una defensa ante una acusación, un tópico de las defensas judiciales. Acusa a los jurados atenienses de apoyar más fácilmente a los acusadores, y alerta del peligro de hacer caso a los sicofantas.
  • 26-33. Exposición de la acusación de Lisímaco.
  • 34-166. Justificación de la actividad de Isócrates como orador mediante la presentación de diversos fragmentos de tres obras suyas: Panegírico, Sobre la paz y A Nicocles. En resumen, después de alegar que no ha cobrado por sus enseñanzas más que a los extranjeros, y de diferenciar los diferentes estilos de prosa, se lanza a mostrar el pensamiento que destilan sus discursos. Con el fragmento de Panegírico trata de demostrar que cree en la hegemonía ateniense y que su intención era llevar a los jóvenes a la virtud y a la defensa de la ciudad. Para que no se le acuse de estar anclado en la gloria del pasado, usa un par de fragmentos de Sobre la paz, donde aconseja abandonar el imperio marítimo, recordando el descalabro vivido por la guerra (aunque aquí modifica ciertos pasajes debido a los cambios políticos habidos desde entonces). Con el fragmento de A Nicocles muestra que no halagó al gobernante por su riqueza o poder, sino que defendió a sus súbditos y aconsejó una constitución lo más suave posible (está, pues, a favor de la democracia). A continuación también encuentra tiempo para arremeter con ironía contra los que crean discursos que establecen legislaciones (las Leyes de Platón se habían escrito poco antes) y contra los que buscan «una virtud y sensatez desconocidas por los demás y discutidas por ellos mismos» (es decir, los erísticos y, sobre todo, Platón). Luego da los nombres de algunos de sus viejos alumnos, que han demostrado ser buenos ciudadanos, lo cual es prueba de su buen hacer. Entre los párrafos 101 y 139 se extiende un elogio de Timoteo, el estratego ateniense en la guerra contra Esparta, que había sido amigo suyo. Posteriormente habla de las fortunas, de la fama de los ricos, y de cómo él fue ahorrando dinero poco a poco, para acabar perdiéndolo frente a los sicofantas.
  • 167-292. Defensa del método de educación que Isócrates ha propugnado. Por ejemplo, en la rivalidad entre dotes naturales y educación, se decanta por esta última. Con un fragmento de Contra los sofistas demuestra que desde el principio de su actividad educadora ha atacado a los que hacen promesas excesivas, y pasa entonces a considerar el grado de importancia de la experiencia sobre el arte retórico. Para demostrar que no es la retórica la que crea intrigantes, da el ejemplo de grandes hombres con buenas capacidades oratorias: Solón, Clístenes, Temístocles y Pericles; al defender a estos dos últimos, atacados en Gorgias y Menón de Platón, se identifica con ellos en contra del dialéctico. También realiza un encendido elogio de la palabra, fuente de la civilización, y finalmente arremete contra la oratoria erística, alegando que la dialéctica no es una actividad filosófica, sino un simple ejercicio similar a la cultura musical.
  • 293-323. Apelación a la opinión del público (otro tópico de los discursos de defensa) con una exhortación a los atenienses para que mantengan la cultura que ha dado gloria a la ciudad.