Demóstenes: Contra Filipo II

El segundo discurso Contra Filipo fue pronunciado por Demóstenes en 344 aC, siete años después del primero y dos después del discurso Sobre la paz. La amenaza de Filipo iba en aumento merced a la alianza del monarca macedonio con Tebas, su dominio sobre Tesalia y la interesada defensa que prestaba a enemigos históricos de Esparta, como Mesenia, Arcadia y Argos.

La política del rey de Macedonia es muy hábil: de palabra y por carta jura la paz y defiende la buena intención que mueve sus acciones. Pero de hecho sigue actuando según sus intereses. De ahí la airada protesta de Demóstenes, al comprobar que sus compatriotas se habían dejado engañar por los que él consideraba atenienses traidores, defensores de la causa macedonia. Eran ellos, y no el propio Filipo, quienes hacían concebir la idea de una paz absoluta, y quienes habían hecho creer que el rey macedonio salvaría a los focidios, arruinaría a los tebanos y no se aprovecharía de la vía abierta en su expansión por Grecia.

Por tanto, en este discurso Demóstenes intenta dejar sentada la falsedad e infiabilidad de Filipo, y el infortunio que representa la traición de determinados ciudadanos. Éste sería el esquema de la obra:
  • 1-5: Preludio al asunto: Los discursos pronunciados contra Filipo parecen justos, pero no hay propuestas en ellos, tal vez por miedo a enemistarse con el pueblo.
  • 6-12: Injusticias de Filipo: la actuación en Fócide y Beocia, y su política hacia mesenios y argivos. Causas de los desmanes hacia Atenas: recuerdo de la actuación ateniense contra los persas. «Él pensaba que si os elegía a vosotros, elegiría amigos sobre la base de la justicia, mientras que si se unía a aquéllos, tendría colaboradores de su propia ambición».
  • 13-19: Excusas presentadas por los partidarios de Filipo para justificar su política dispar (apoyar el yugo de los beocios bajo Tebas, y la libertad de los mesenios frente a Esparta). Falta de lógica de los argumentos: se infiere que Filipo planea una acción coordinada sobre toda Grecia.
  • 20-25: Palabras dirigidas por Demóstenes a los mesenios y argivos cuando actuaba como embajador: engaños cometidos por Filipo; la mejor defensa: la desconfianza.
  • 26-37: Palabras contra los embajadores que aconsejaron firmar la paz, y recuerdo de que sólo Demóstenes se mostró en contra.

Comedia Media

La Comedia clásica griega, desarrollada principalmente en el Ática, suele ser dividida por los estudiosos en tres períodos: la Comedia Antigua, la Media y la Nueva. Sin embargo, los límites entre unos y otros no son claros, puesto que la vida de muchos autores se extiende por dos períodos, y de hecho el nacimiento de un estilo nuevo es una idea que puede observarse anacrónicamente, pero que en la realidad de un autor no es más que una evolución de estilo, sin cortes bruscos.

En el caso de la Comedia Media, los estudiosos de la Antigüedad incluyeron en ella a aquellos comediógrafos posteriores a Aristófenes y anteriores a Menandro. Estilísticamente, pueden verse tres rasgos diferenciadores con el período anterior: disminución del papel del coro, hasta no tener influencia en la trama de la obra; reducción de personajes públicos imbricados en la trama; y burlas dirigidas más a lo general que a lo personal, y más a lo literario que a lo político. Las parodias de mitos siguieron siendo populares, al menos por un tiempo, y emergieron diversos personajes-tipo, como cortesanas, parásitos, filósofos, juerguistas, soldados jactanciosos y cocineros engreídos.

No se ha conservado ninguna obra completa, por lo que poco puede añadirse sobre su valor literario. Lo que parece claro es que las representaciones se daban también en Sicilia y la Magna Grecia, y esto sugiere que tuvieron una extensión geográfica considerable y una influencia social evidente.

Exceptuando aquellos comediógrafos de los que sabemos poco más que sus nombres, ésta es una lista de los principales autores de la Comedia Media.

Eubulo escribiría un centenar de obras, principalmente de tema mitológico. A menudo parodió a los poetas trágicos, como Eurípides. Un escolio tardío sugiere que algunas de sus obras fueron escenificadas por Filipo, hijo de Aristófanes.

De hecho, tres de los hijos de Aristófanes, Araros, Nicóstrato y Filipo, continuaron el «negocio» de su padre.

Antífanes (408-334 aC), probablemente un meteco, comenzó a escribir hacia el 387 aC. Fue extremadamente prolífico, con más de doscientas obras escritas de las que sólo conservamos algunos fragmentos. Estéfano, poeta de la Comedia Nueva, escenificó algunas de sus obras, por lo que se cree que se trata de su hijo.

Según la Suda, Anaxandrides fue el primero en incluir tramas sobre amoríos y en escenificar violaciones de muchachas.

Alexis es el principal autor de este período. Nació hacia 375 aC en Turios, en la Magna Grecia, y vivió por largo tiempo. Hacia el final de su vida escribió obras en el estilo de la Comedia Nueva. Se conservan unas mil líneas de texto (repartidas en un tercio de millar de fragmentos), pero éstas dan idea de su ingenio y refinamiento: creaba nuevas palabras por composición y daba nuevos usos a palabras comunes. Según Aulo Gelio, sus versos influyeron en comediógrafos latinos, incluyendo a Turpilio e incluso a Plauto.

Epícrates de Ambracia (¿376?-¿348? aC) incluyó en algunas de sus obras burlas a los alumnos de Platón, como Espeusipo o Menedemo, y también a la hetaira Lais de Hicara por su avanzada edad.

Esquines: Contra Timarco

Antecedentes

Al regreso de la segunda embajada enviada por los atenienses a la corte de Filipo II, en Pela, y después de que los embajadores presentaran su informe a las dos cámaras, Demóstenes decidió presentar contra Esquines una acusación de soborno en la segunda parte de la habitual rendición de cuentas. {Era común que los embajadores, una vez terminada su tarea, pasaran dos tipos de comprobación: la de los logistaí, de carácter puramente económico, y la de los eúthynoi, para los demás aspectos}. Tales planes llegaron a oídos de Esquines, quien, en el momento en que Demóstenes se presentaba ante los logistaí, se presentó con un grupo de gente intentando que se suspendiera el acto, pretextando que ya se había llevado a cabo con ocasión de la primera embajada.

Pero su intento falló, y tras el regreso desde Delfos de la tercera embajada, al presentar Esquines su rendición de cuentas, Demóstenes llevó a cabo su acusación ante los eúthymoi en colaboración con Timarco. Éste era miembro de una familia rica, y debió de nacer hacia el 391/390 aC. Esquines le acusa de una intensa actividad como erómeno durante su juventud. Fue miembro del Consejo en 361/360 aC y de nuevo en 347/346 aC, participando intensamente en política, caracterizándose por un encendido rechazo de cualquier acercamiento a Filipo, lo que explica su alineamiento con Demóstenes.

Debió de producirse una paralización de los mecanismos judiciales iniciados contra Esquines, o bien el propio Demostenes decidió esperar a un momento más idóneo para presentar la causa ante los tribunales. Mientras tanto, Esquines interpuso un proceso contra Timarco, y consiguió así detener la causa iniciada contra él. Timarco fue condenado a la atimía, y vio su vida política acabada. Este juicio ocurrió entre la segunda mitad del 346 aC y la primera del 345 aC.

El discurso

El motivo legal de Esquines se recoge como una «prueba de aptitud de los oradores», en virtud de la cual podía ser sometido a control todo ateniense sospechoso de determinadas descalificaciones (cuatro de ellas son nombradas por Esquines en el discurso: maltratar a los padres; rehuir el servicio militar o demostrar cobardía; dilapidar el patrimonio heredado; llevar una vida de prostituido). De ser probadas, imposibilitarían al ciudadano hablar ante la Asamblea o en un tribunal.

En su discurso, Esquines remarca con énfasis que es la primera causa judicial que promueve, lo que pone de manifiesto que tal comportamiento no debía ser frecuente entre los políticos de la época, conscientes de la rentabilidad que tenía la participación en procesos judiciales que persiguieran aparentemente la defensa constitucional. A falta de pruebas o testigos, Esquines recurre a postulados teóricos de moralidad o acude al rumor. Él mismo admite, como muestra de tolerancia, haber mantenido relaciones con erómenos, pero sin llegar a la depravación que atribuye al acusado. Por otro lado, Esquines desvía la atención del tema del proceso y traslada el debate al terreno de la política, al considerar que Demóstenes participa en el grupo de la defensa de Timarco. Y para todo ello se sirve de citas poéticas de Homero, Hesíodo o Eurípides, sobre el poder de la fama y el amor homosexual, lo que además demuestra su esmerada educación.

En cuanto a la estructura del discurso, Esquines intercambia la ordenación convencional entre la exposición de los hechos y las normas legales, poniendo delante los códigos morales que según él habría violado Timarco, para de esa forma resaltar las censuras. El contenido quedaría repartido, siguiendo la numeración de los epígrafes, de la siguiente forma:

- Proemio (1-3): Disculpas por haber promovido el proceso (1); contenido y motivo de la acusación (2-3).
- Narración del corpus de leyes (4-36).
  • Introducción: importancia de las leyes en las democracias (4-6); ejemplos de Solón, Dracón y los antiguos legisladores (6-7); estructuración de la exposición de las leyes (8).
  • Corpus legal: protección de los niños (9-17); honestidad en los jóvenes (18-21); honestidad y decoro en los adultos (22-26); sobre quienes no deben hablar en la Asamblea (27-35); conclusiones (36).
- Argumentación en torno al contraste entre la vida de Timarco y las leyes anteriores (37-176).
  • Exposición de la vida disoluta e inmoral de Timarco: confirmación general de la inmoralidad del acusado (37-38); diversos episodios de prostitución (39-93); dilapidación de la hacienda paterna (94-105); abusos en su gestión de cargos públicos (106-115).
  • Ataque a la posible defensa posterior: introducción a la refutación (116-118); supuesto alegato defensivo de Demóstenes, sobre el impuesto de prostitución (119-124) y sobre la fama (125-131); supuesto alegato de otro miembro de la defensa (un general), sobre el amor honesto (132-140) y ejemplos de personajes de ficción, con abundantes citas, y de personas históricas (141-159); vuelta al ataque contra Demóstenes, sobre el impuesto de prostitución (160-165), posibles digresiones demosténicas contra Filipo (166-169), resumen y precauciones contra Demóstenes (170-176).
- Epílogo y recapitulación de las leyes (177-196): reflexiones teóricas (177-179); ejemplos de Esparta y Atenas (180-184); necesidad de aplicar las leyes sobre Timarco (185-195) y cierre (196).

Iseo: En defensa de Eufileto

Se trata únicamente de un amplio fragmento transmitido, junto a su argumento, por Dionisio de Halicarnaso. Lo excepcional de la obra es que, único caso de las conservadas de Iseo, no se trata de una causa de herencia.

Eufileto, hijo de Hegesipo, fue borrado de la lista de ciudadanos por votación de sus compañeros de demo (el de Erquia), con motivo de una revisión general del censo. El asunto se sometió a dos arbitrajes públicos sucesivos (probablemente el segundo tuvo lugar como consecuencia de la muerte del primer árbitro), y ambos árbitros dictaminaron contra el demo. Después de dos años de preliminares y sin que sus compañeros demotas aceptaran la resolución, Eufileto apela a los tribunales en un proceso privado. Cargaba así, decidido a no convertirse en meteco, con el mismo riesgo que los acusados por usurpación de ciudadanía: ser vendido como esclavo y perder sus bienes si su apelación fracasara.

El discurso es pronunciado por un medio hermano de Eufileto, hijo del primer matrimonio de su padre Hegesipo. Sus adversarios mantenían que, aunque hijo de una ciudadana, su padre había sido un extranjero, y Hegesipo lo había reconocido al casarse con su madre. El orador pretende que tal acusación es fruto del odio de algunos miembros del demo, y expone, con fuerza y precisión, diversos argumentos y testimonios de numerosos testigos del origen legítimo de Eufileto.

Para conocer la fecha del discurso, podemos servirnos del dato sobre el censo. Una revisión del censo de los demos fue ordenada por decreto durante el arcontado de Demófilo (346-345 aC). Si se acepta que este decreto da pie al proceso que nos ocupa, y teniendo en cuenta que los arbitrajes públicos llevaron dos años, el discurso tal vez se pronunciara en 344-343 aC. Esta datación implicaría que Iseo continuó produciendo discursos hasta fecha bastante tardía, lo que hace dudar de la autoría a algunos estudiosos.

Esquines: Introducción

Para este autor seguiremos el texto publicado por la editorial Gredos, con las traducciones, notas e introducciones realizadas por José María Lucas de Dios. La obra incluye no sólo los discursos de Esquines y las cartas que se le atribuyeron en el pasado, sino también diversos testimonios, o referencias a su vida y obra realizadas por autores clásicos posteriores.

A pesar de contar con algunas fuentes clásicas para el estudio de este período, en particular la Biblioteca de Diodoro Sículo, las Historias Filípicas de Pompeyo Trogo (que nos llegan gracias al epítome de Justino), y varias Vidas de Plutarco, las obras más importantes para conocer a este autor son los tres discursos suyos que conservamos, junto con los enfrentados a dos de ellos por parte de su rival político, Demóstenes. Estas cinco piezas oratorias fueron pronunciadas dentro de un contexto judicial, pero se refieren a un trasfondo más amplio, pues se enfrentaban dos formas de ver la actuación política de Atenas durante el siglo IV aC. Es interesante que ambos no sólo no coinciden en la interpretación de los hechos, sino ya en su propia exposición. En esa contienda que ocupará la vida de ambos oradores, la crítica moderna casi siempre se ha dejado llevar por el favoritismo hacia Demóstenes.

La fecha de nacimiento de Esquines no está clara. En el Contra Timarco (año 345 aC) dice tener cuarenta y cinco, lo que situaría su nacimiento en el 390-389 aC. Ésta es la opinión mayoritaria. Sin embargo, se ha conjeturado con corregir el texto por «cincuenta y cuatro», lo que se aproximaría a la biografía de Apolonio, en la que se dice que Esquines murió con setenta y cuatro a la caída de la democracia (año 322 aC). Estos datos nos situarían entre el 399 y el 396 aC.

En cuanto a su familia e infancia, Esquines nos presenta un entorno familiar acomodado, al servicio siempre de Atenas. Demóstenes es hiriente y tendencioso, y trata de desprestigiarle socialmente. Lo más probable es que su padre, Atrometo, fuera un maestro de escuela que enseñaba letras, y en algún momento de finales del siglo V aC y los años noventa del IV aC estuviera en Asia como mercenario. Su madre, Glaucótea, debió de ser sacerdotisa de un culto poco importante. Poco se sabe de su etapa de juventud.

Por el propio Esquines sabemos de su participación en las campañas militares de Atenas: patrullas de fronteras entre 372 y 370 aC, escolta del convoy a Fliunte en 366 aC, batalla de Mantinea (362 aC) y las dos expediciones contra Eubea (357 y 348 aC). Por Demóstenes sabemos que desempeñó cargos menores en la vida pública de la ciudad, dentro del secretariado de diversos magistrados, hasta que ascendió a lector de documentos en el Consejo y la Asamblea. Actuó también como actor de tragedias.

Esquines contrajo matrimonio hacia el 348 aC con la hija de Filodemo de Peania, un hombre rico e influyente. Sabemos que en el 343 aC contaba ya con tres hijos pequeños. Por esos años Esquines se relaciona con figuras destacadas de la política ateniense, como el general Foción o, quien será determinante, Eubulo, líder de los moderados y administrador del fondo para espectáculos. La educación paterna de Esquines, su excelente voz, y su experiencia en el mundo institucional, lo convierten en un agente idóneo para Eubulo.

Aunque entra en la escena política tardíamente, su progresión será rápida, y en el conflicto de Olinto (348 aC), ya se encuentra entre los protagonistas: Tras la caída de esta ciudad ante Filipo II de Macedonia, se extendió entre los atenienses cierto entusiasmo bélico, y Eubulo presentó una propuesta para enviar a todas las ciudades griegas delegados con la invitación para visitar Atenas y discutir las medidas a tomar contra el avance macedonio. En la defensa de esta moción ante el Consejo y la Asamblea intervino Esquines, consiguiendo una entusiasta aprobación, y él mismo fue comisionado para visitar las ciudades del Peloponeso. En el invierno de 348/347 aC, Esquines visitó Megalópolis, pero su propuesta cayó en saco roto: la distancia entre las ciudades griegas parecía infranqueable.

En el 346 aC, Atenas envía un grupo de diez embajadores para tratar la paz con Filipo. Este número da cuenta de la importancia otorgada al evento, y también hacía posible que estuvieran representadas las diversas tendencias políticas. Curiosamente, Esquines estaría entre el sector más crítico (siguiendo la línea marcada por Eubulo) y Demóstenes entre los promotores de la idea. En su discurso, Esquines al parecer se extendió ampliamente en la reivindicación de Anfípolis por parte de Atenas. Filipo lanzó una contrapropuesta realmente vaga, anunciando que ambos bandos mantendrían sus posesiones y que Atenas sería beneficiada cuando se concretase la paz. Este último punto será una esperanza continua para Esquines, mientras que Demóstenes vería en él una falsedad más de Filipo.

Una vez aceptados los términos por los atenienses y sus aliados, se envió una segunda embajada, para recibir los juramentos de Filipo y conseguir la liberación de los prisioneros atenienses en Macedonia. En esta ocasión, en su discurso Esquines trató el problema de la reciente revuelta en la Fócide y sugirió la conveniencia de frenar el poder de Tebas apoyando a las ciudades beocias. Tras el regreso a Atenas, Filócrates, quien había propuesto inicialmente la paz con Macedonia, propone ahora extender la alianza a los descendientes de Filipo, así que los atenienses prepararon una tercera embajada. Demóstenes, que había acusado al resto de embajadores por su actuación, se abstiene en esta ocasión de participar. Esquines habló a favor de los focenses, que habían sido ya vencidos, y logró que el castigo final no fuera tan duro como el que otras ciudades pedían.

Durante el período conocido como paz de Filócrates (346-340 aC), Esquines llevará una vida más apartada, salvo por el proceso que en 343 aC abre Demóstenes contra él, acusándolo de acción fraudulenta en las embajadas. Finalmente la paz se rompió por un asunto en el Helesponto: Bizancio y Perinto veían con temor el avance macedonio por la Grecia septentrional, y buscaron la ayuda de Atenas, en cuyo seno crecía el sentimiento antimacedonio. Filipo puso sitio a ambas ciudades y se apropió de una flota ateniense que transportaba trigo, a juicio del macedonio suministros para su enemiga Selembria. Los atenienses quebraron la estela donde estaban grabados los términos de la paz, rompiendo literalmente el tratado.

Pero en conflicto frontal fue más cercano geográficamente. Cuando los miembros atenienses del Consejo anfictiónico llegaron a Delfos, fueron acusados por los locrios de Anfisa, aliada de los tebanos, por haber ofrecido al templo unos escudos con inscripciones relativas a la alianza de Tebas con Persia al final de las Guerras Médicas. Esquines, que sustituía a uno de los enviados, realizó una defensa de Atenas tan vehemente que originó la cuarta guerra sagrada, en esta ocasión contra Anfisa. El líder de los tesalios dirigía las fuerzas aliadas, pero entregó las riendas de los ejércitos a Filipo, quien en lugar de dirigirse hacia Anfisa, cambió de rumbo, moviéndose hasta Elatea en la Fócide, lo que en alguna medida permitía suponer una marcha hacia Atenas. El pánico se apoderó de los atenienses, exacerbado por la actuación de Demóstenes, quien expuso ante la Asamblea que ponerse en pie de guerra ostensiblemente animaría a los tebanos. Así que Filipo, si deseaba mantener su hegemonía sobre el Consejo anfictiónico, debía atacar a Anfisa, lo que supondría enfrentarse a Tebas, aliada ahora de Atenas. La lucha armada entre los dos bloques era la única solución, que llegó en la batalla de Queronea (338 aC) donde el macedonio resultó vencedor una vez más. Filipo fue magnánimo con Atenas (a la que envió a su hijo Alejandro para tratar una nueva alianza) y fue algo más duro con Tebas. En invierno, el macedonio convocó en Corinto una conferencia de ciudades griegas que desembocaría en la Liga de Corinto: cada ciudad conservaba su libertad, pero todas ellas se unirían contra aquélla que intentara alterar la situación política. Filipo parecía querer equilibrar y pacificar Grecia, para un posible asalto sobre Persia, donde el papel culturizador de Atenas podría ser fundamental.

Esquines irá desapareciendo una vez más de la escena política, y sólo reaparece en 336 aC, en el proceso contra Ctesifonte. Éste propuso que se concediera una corona de oro a Demóstenes durante las Grandes Dionisias, en reconocimiento a sus muchos méritos políticos. Esquines toma como pretexto la posible ilegalidad de la propuesta para someter a juicio público la trayectoria política de su rival. La presentación formal ante el tribunal se aplazará seis años, hasta el 330 aC. Pero las cosas se le torcieron, y perdió sus derechos civiles al no poder pagar la multa por no conseguir la quinta parte de los votos del tribunal. Después de este fracaso judicial y político, Esquines se exiliaría, aunque no podemos saber su destino. La tradición lo hace pasar a Éfeso, y tras la muerte de Alejandro Magno a Rodas, donde tal vez enseñara retórica, y Samos, donde moriría finalmente.

Por lo que respecta a sus obras conservadas, es prueba de su buen hacer literario la aparición de gran cantidad de citas poéticas (más aún en su primer discurso, cuando su habilidad retórica estaba menos desarrollada). Otras características importantes de su obra nos las da Filóstrato (siglos II-III dC), que hará a Esquines «fundador de la Segunda Sofística» buscando así un punto de unión entre el aticismo clásico y esta escuela en tierras de Asia menor, y siguiendo los rasgos de su estilo: énfasis en la improvisación, teatralidad, uso de citas poéticas y recursos del género lírico.

Como hemos dicho, conservamos tres discursos de Esquines. Junto a ellos, la tradición nos lega un conjunto de doce cartas, todas ellas consideradas apócrifas y, por rasgos estilísticos y de contenido, obra de una sola persona, ya en el siglo II dC.
  • Contra Timarco, compuesto en el 346-345 aC para enfrentarse al proceso que este personaje, amigo de Demóstenes, se disponía a abrir contra él.
  • Acerca de la embajada fraudulenta, escrito de defensa contra el discurso de Demóstenes del mismo título, pronunciados ambos en el 343 aC.
  • Contra Ctesifonte, una acusación de ilegalidad presentada en el año 336 aC, pero cuya vista se aplazó hasta el 330 aC.
La tradición también le atribuyó un discurso Delíaco, no conservado, donde defendería a Atenas del pleito presentado por la isla de Delos ante el Consejo Anfictiónico sobre ciertos derechos del santuario de Apolo. Al parecer, Esquines fue apartado del proceso por el Areópago, siendo sustituido por Hiperides.

Él mismo se confiesa autor esporádico de poesía amorosa, concretamente de corte homosexual (podemos suponer que en torno a la relación erómeno ~ erastés, común entre las familias pudientes de Atenas), pero como es lógico nada de ello se ha conservado.

Demóstenes: Sobre la paz

La toma de Olinto por Filipo en 346 aC produjo una inmediata alarma en Atenas, y sus ciudadanos enviaron embajadores a las demás ciudades griegas con el fin de formar una coalición antimacedónica. El intento fue infructuoso, y lo único que pudieron hacer fue enviar una armada a las órdenes de Cares, cuyo único logro fue establecer algunas plazas fuertes en la costa tracia.

Por su parte, Filipo parecía necesitar una tregua para consolidar sus victorias, recuperarse de su frenética actividad y replantearse con nuevos bríos sus aspiraciones de penetrar en la Grecia central.

Se entiende así que se aprobara la moción, presentada en 346 aC por Filócrates, según la cual debían nombrarse embajadores para tratar con Filipo las condiciones para la paz. Entre otros, fueron embajadores Demóstenes y Esquines, y de esta misión surgirían los conocidos discursos mutuos Sobre la embajada fraudulenta. El hecho de que en su discurso Esquines no se defendiese de las graves acusaciones vertidas por su contrincante en el presente discurso, hizo pensar a Libanio que Demóstenes no llegó a pronunciarlo, aunque lo dejara escrito.

En una primera fase de la embajada se firmó la llamada paz de Filócrates, claramente favorables a Macedonia: se reconocía el statu quo de ambas partes, pero no se contemplaban en el tratado ni la alianza ateniense con los focidios, ni los vínculos de Atenas con el rey Cersobleptes ni con la población tesalia de Halos, a la sazón asediada por Filipo. De la segunda fase del proceso, que debía administrar los juramentos al monarca macedonio, regresó Demóstenes enfurecido, y no tardó en denunciar a los otros embajadores ante el Consejo: Atenas no pudo hacer nada mientras Filipo penetraba en Grecia, ponía en poder de Tebas las ciudades beocias y dispersaba a la población de la fócide tras someter a Faleco, caudillo de los focidios.

Los atenienses habían sido engañados una vez más por un "bárbaro" que, tomando la vacante de los focidios en el Consejo anfictiónico, se atrevía incluso a presidir los Juegos Píticos. En Atenas se reconoció que Demóstenes era un patriota, y que Filócrates y Esquines habían actuado favoreciendo los intereses de Filipo.

Sin embargo, cuando Filipo envió mensajeros a los atenienses para que aceptaran su presencia en el Consejo, Demóstenes pronunció este discurso, en el que, tras recordar aquellos casos en que su opinión había sido contraria a la de la mayoría y el tiempo había acabado dándole la razón, aconsejó que en la situación a la que se había llegado, la mejor actitud era reconocer la paz. En caso contrario, los atenienses podían verse atacados con facilidad en su propia tierra, y además no sólo por un ejército macedonio, sino compuesto por todas las ciudades griegas.

Isócrates: A Filipo

Hacía ya tiempo que Isócrates había dejado de confiar en la capacidad de Atenas para lograr la concordia entre los griegos y dirigir una expedición militar conjunta contra Asia, y así, se había detenido en diferentes monarcas como posibles ejecutores de su plan político: había escrito a Dionisio de Siracusa en 367 aC, al rey Arquidamo de Esparta en 356 aC, y posiblemente también al tirano Jasón de Feras en algún momento anterior a su asesinato (en el 370 aC).

Pero a partir de 359 aC, había irrumpido con fuerza la figura de Filipo II de Macedonia, cuya política había chocado con la de Atenas y cuyo avance sobre Grecia, por la agresión o la vía diplomática, revela una genialidad fuera de lo común. En el año 346 aC, se firma entre Filipo y los atenienses la paz de Filócrates.

Isócrates había criticado a Amintas, el padre de Filipo, en su discurso Panegírico, y había aplaudido su coraje en el Arquidamo. Ahora, tras varios años de silencio y con noventa en su haber, Isócrates recupera la iniciativa política y su prestigio, y aprovecha la paz para proponer una tarea doble para Filipo: conseguir la armonía entre los estados griegos para guiarlos a la conquista de Persia. Es muy posible que el macedonio no olvidara algunos de estos consejos, y también que exista cierta influencia hacia Alejandro, el hijo y sucesor de Filipo, que se embarcaría en la conquista de Asia.

Los puntos tratados en esta vigorosa obra (tal vez la de mayor calidad literaria de su autor) son los siguientes:
  • 1-29. Introducción: propósito del discurso; alabanza de Filipo.
  • 30-38. Deuda de Macedonia con los principales estados griegos.
  • 39-56. Posibilidad de una reconciliación.
  • 57-67. Ejemplos históricos de políticos que desde una posición difícil alcanzaron éxitos.
  • 68-80. Méritos a que Filipo se hará acreedor si logra la armonía entre los griegos.
  • 81-123. Superioridad de Filipo sobre los persas; elogio de Heracles, antepasado de Filipo; consecuencias favorables de la conquista del imperio persa, o, al menos, de Asia Menor.
  • 124-155. Gloria que reportará a Filipo la acción.

Demóstenes: Olintíacos

Tres discursos que tratan de mover a los atenienses a favor de la ciudad de Olinto, para frenar el avance macedonio. Para entender su contenido no vendrá mal un planteamiento del trasfondo histórico.

Olinto, antigua colonia griega en el istmo de Palene, en la Calcídica, había entrado a formar parte de la Liga Ático-Délica en el 475 aC. Pero pronto se rebeló contra el imperialismo ateniense y apoyó a los enemigos de sus antiguos aliados durante la guerra del Peloponeso, contribuyendo al éxito de la expedición espartana de Brásidas durante el 424 aC, dirigida contra las colonias y posesiones de Atenas en Tracia.

Sin embargo, Olinto pudo comprobar que la soberanía de Esparta también era una carga onerosa, y desde el 395 aC fue aumentando su poder para gestar su propia autonomía. Pasó a convertirse en la cabeza de una confederación de ciudades griegas en la Calcídica, pero dos de estas ciudades, Acanto y Apolonia, dispuestas a mantenerse fieles a los lacedemonios, pidieron a Esparta que interviniese. Así que entre el 383 y el 379 aC, los espartanos, a instancias del que fuera rey de Macedonia, Amintas, atacaron la ciudad de Olinto y la obligaron a pedir la paz y aceptar la supremacía de Esparta.

Tras la batalla de Leuctra, que en 371 aC dio fin a la hegemonía espartana, Olinto se sintió libre de nuevo, y comenzó a planear una confederación calcídica. Pero de nuevo su enemigo fue Atenas, dispuesta a formar una confederación marítima. Así, en el 364 aC Timoteo conquistó veinte poblaciones en la Calcídica, aunque no pudo hacerse con la propia Olinto, que en años sucesivos retomaría poco a poco su grandeza.

En ese ambiente entra en escena Filipo II de Macedonia, que en 358 aC retorna exitoso de sus campañas contra ilirios y peonios e inesperadamente pone sitio a Anfípolis, que toma a traición al año siguiente.

Los olintios, viendo su avance imparable, no dudan en que serán su próximo objetivo, y envían embajadores a Atenas para solicitar una alianza contra el macedonio. Pero en la capital del ática el oro de Filipo ha empezado a ganar adeptos, y los embajadores son despedidos sin ser escuchados. Entonces el rey macedonio urde una hábil estrategia política: finge ser amigo de los olintios, les cede el estrecho de Antemunte, y tras tomar la ciudad de Potidea, se la entrega (356 aC).

Esta alianza le da a Filipo un casus belli para moverse contra los tracios en una campaña de la que regresó exitoso. Luego, ya en 355 aC, vence de nuevo a ilirios y peonios, y dos años más tarde ocupa Abdera y Maronea, y destruye Metone. Los atenienses se veían así despojados de todas las ciudades que, en Tracia y Macedonia, habían sido aliadas suyas. Sólo la toma de las Termópilas por Atenas en 352 aC logró que Filipo, quien regresaba de vencer a los focenses, penetrara en Grecia.

Olinto, convencida de la infiabilidad de la política de Filipo, firmó con Atenas un tratado de paz. Al año siguiente, Filipo retomó su campaña contra Tracia, dejando que su ejército se exhbiera frente a las ciudades de la Calcídica en una clara amenaza. Luego penetró en Iliria, invadió el Epiro y entró en guerra con el rey de los molosos. En el año 350 aC, los olintios solicitan a Atenas que les proporcione caballería para hacer frente a los ataques macedonios que creen inminentes. Y todo eso, mientras el oro de Filipo seguía fluyendo, también en Olinto: Apolónides, contrario a la política expansionista de Macedonia, es exiliado.

Sin embargo, la guerra era imparable, sobre todo cuando Arrideo, hermanastro de Filipo y perseguido por él, pide refugio en Olinto, donde se le otorgó la sagrada protección a los suplicantes. El rey de Macedonia, al mando de un ejército, llegó a los muros de Olinto, dispuesta a resistir sus ataques. Una embajada fue enviada a Atenas (349 aC), pero encontró a sus ciudadanos con poco ánimo para la guerra. La liga marítima había sido disuelta por la Guerra Social entre Atenas y sus antiguos aliados (Quíos, Cos, Rodas y Bizancio), y la política estaba dominada por el partido pacifista encabezado por Eubulo. La escasa economía de la ciudad se dirigía sobre todo a halagar a los ciudadanos mediante la creación de fondos para espectáculos y festivales.

Así pues, la propuesta de alianza fue aceptada, pero los ciudadanos no estaban dispuestos a sacrificar su tranquilidad, así que cualquier campaña militar debería hacerse sin recurrir al dinero destinado a otras ocupaciones. Es entonces cuando se alza Demóstenes como opositor al partido que actualmente estaba en el poder. En sus Discursos olintíacos, no se limitaba a enardecer los ánimos de sus conciudadanos, sino que trataba de hacerles ver que, previa a la acción en el exterior, se hacía necesaria una reforma de buen número de elementos internos.

En el Olintíaco primero, pronunciado poco después de la llegada de los embajadores olintios, recuerda que la guerra tendrá lugar, por suerte, lejos del Ática, así que aconseja crear dos ejércitos: uno destinado a ayudar a Olinto y el resto de las ciudades de la Calcídica, el otro con el objetivo de saquear el territorio de Macedonia. Así podría aprovecharse una ocasión idónea para frenar a Filipo cuando todavía no ha llegado al Ática. Se requieren para estos planes fondos económicos, y si no pueden tomarse de lo destinado a los espectáculos públicos, deberán realizarse fuertes contribuciones. Por último, recuerda que Filipo es vulnerable, porque no puede fiarse de los tesalios y los príncipes bárbaros que rodean Macedonia no han dejado de ser una amenaza para él.

Pero los atenienses se contentaron con enviar en socorro de sus aliados dos mil peltastas mercenarios y treinta trirremes, por lo que Demóstenes, no mucho después, pronunciaba su Olintíaco segundo, donde repite los argumentos esgrimidos sobre la oportunidad y la necesidad de combatir, y hace hincapié en la debilidad de Filipo, la urgencia de socorrer a Olinto y la necesidad de animar a los tesalios a la rebelión. Es, pues, una arenga para cumplir los planes especificados anteriormente.

Entretanto, el rey macedonio interviene en Tesalia, expulsando de Feras al tirano Pitolao. Las tropas mercenarias de Atenas y los olintios acaban imponiéndose, pero la acción está lejos de constituir una victoria: a su regreso de Tesalia, Filipo invade de nuevo la Calcídica, toma treinta y dos poblaciones y vence en dos importantes batallas a los olintios y mercenarios atenienses, plantándose de nuevo frente a Olinto. Sus ciudadanos envían una nueva embajada a Atenas con el ruego de que no les abandonen, pero esta vez recomiendan que las tropas enviadas estén constituidas por ciudadanos atenienses y no por mercenarios.

Demóstenes pronuncia entonces su Olintíaco tercero, donde expone con mayor insistencia las dos condiciones necesarias para que el estado pueda imponerse: una reforma política (echar mano de los fondos para espectáculos) y una militar (obligar a todos los ciudadanos a cumplir el servicio militar). Esto último se cumplió, y se reclutó un ejército entre los ciudadanos, pero el dinero destinado a las celebraciones no pudo emplearse en otros usos hasta tres años más tarde. De hecho, el orador ni siquiera menciona el tema directamente, sino que únicamente se atreve a sugerir la creación de un comité legislativo que se encargue de abrogar la ley que impide que se hable de este espinoso tema.

Desafortunadamente, Olinto cayó en manos macedonias en el 348 aC, a pesar de los esfuerzos de Demóstenes por movilizar a sus conciudadanos: la propia ciudad fue destruida, sus habitantes esclavizados de por vida, y el resto de ciudades de la confederación calcídica pasaron a formar parte de Macedonia.

Demóstenes: Contra Midias, acerca del puñetazo

Midias, un rico y poderoso ciudadano ateniense, gustaba de hacer alarde de su influjo y opulencia: pretendía todos los cargos públicos, hablaba en todas las sesiones de la asamblea, no dejaba de recordar sus servicios prestados, etc. Llegó así a convertirse para algunos en individuo insoportable por arrogante y jactancioso.

Su enemistad con Demóstenes venía de lejos: durante el asunto de los abominables tutores del orador había apoyado a su hermano Trasíloco, quien a su vez prestaba ayuda al infiel tutor Áfobo. Mientras Demóstenes pleiteaba con éste, Trasíloco le había ofrecido al joven traspasarle la trierarquía (el pago de la preparación de un trirreme de guerra). En una situación normal, Demóstenes hubiera tenido opción a la antídosis, el intercambio de bienes (ya que Trasíloco era claramente más rico que él), pero si lo hacía, la cuestión de la herencia en litigio hubiera sido diferida por Trasíloco, así que Demóstenes tuvo que ocuparse del desembolso que suponía la trierarquía. Por si fuera poco, Midias irrumpió en casa de Demóstenes de malas manera, e incluso dirigió palabras indecentes a la madre y a la hermana del orador. Éste le planteó un pleito por ofensas verbales, al que Midias no se presentó. Fue multado por ello, pero no sólo no pagó la multa, sino que se las apañó para privar de sus derechos de ciudadano a quien, actuando como árbitro, le había impuesto el castigo. Demóstenes volvió a lanzar una querella contra él, frenada por lo farragoso de los trámites.

A estas viejas rencillas se le sumó con el tiempo la animosidad política, cuando Plutarco de Eretria acudió a Atenas en busca de apoyo, y a diferencia de Midias y la mayoría de políticos influyentes, Demóstenes se la negó.

Así estaban las cosas cuando Demóstenes se ofreció voluntario para ser corego de su tribu, la Pandiónide, en las fiestas Dionisias del 350 aC. Al parecer, Midias no desaprovechó oportunidad para entorpecer su labor: intentó que los coreutas contratados marchasen a la guerra de Eubea, corrompió a su entrenador, trató de destruir los vestidos y adornos, pretendió sobornar al arconte que presidía las fiestas y a los jueces del concurso, y puso en su contra al resto de coregos. Ya en plenas fiestas, delante de numerosos espectadores, insultó al orador y le asestó un puñetazo en la cara.

Acabadas las fiestas, Demóstenes denunció ante la Asamblea la infracción cometida contra su persona y contra el carácter sagrado de la celebración. El pueblo declaró a Midias culpable. No contento con eso, Demóstenes entabló un proceso judicial.

Mientras tanto, la guerra en Eubea no iba bien para Atenas, y Midias aprovechaba para echar las culpas a Demóstenes y para acusarlo de deserción. Esta última acusación estaba en manos de un tal Nicodemo, quien poco después aparecía muerto y mutilado. Midias, consciente de no poder culpar a Demóstenes de este hecho, acusó a su amigo Aristarco, pero por complicidad pretendía que el orador no optase a ser uno de los Quinientos, el senado elegido anualmente.

Finalmente, Demóstenes terminó por aceptar de su ofensor el pago de treinta minas, cortando así los procesos judiciales. {Sobre ello incidirá más adelante Esquines, por cuyo discurso sabemos de este hecho}. Por esta razón, hemos de pensar que Demóstenes no dio una forma definitiva a este discurso, al que le faltaría un repaso que eliminaría ciertas repeticiones de temas, algunas transiciones bruscas, referencias poco claras o reiteración de frases y locuciones. Aún así es muestra de su habilidad y de su estilo vigoroso, caracterizado por la mezcla entre simplicidad de expresión y alteza de pensamiento.

pseudo Demóstenes: Sobre la organización financiera

Una serie de hechos nos hacen suponer que la autoría de Demóstenes no sea en absoluto cierta: que el discurso está constituido por consideraciones generales que no llevan a una propuesta concreta; y que en él aparecen pasajes de otras obras de Demóstenes, reproducidos casi literalmente (fundamentalmente de Olintíaco III y Contra Aristócrates). Esta última circunstancia podría explicarse con dos hipótesis: si el discurso, fechado entre Contra Aristócrates (del que se nutriría) y los Olintíacos (de los que sería fuente), en realidad nunca hubiera sido pronunciado; o bien, de forma más plausible, si el discurso fuera obra de un hábil recopilador que con fragmentos de Demóstenes hubiese creado una composición de una especie de ideario político al modo oratorio.

Aún así los antiguos trataban este discurso como obra genuina de Demóstenes, y no tuvieron dudas Dídimo, Harpocración ni Libanio. La excepción es Dionisio de Halicarnaso, que ni siquiera lo cita.

El punto de partida es un objetivo claro: que los fondos públicos sean percibidos por los ciudadanos siempre que éstos estén comprometidos a servir a la ciudad y estén dispuestos a participar personalmente en las campañas militares. El orador hace hincapié en la necesidad de regular la percepción de salarios por prestación de servicios públicos, y de una reforma del ejército ateniense, a la sazón formado exclusivamente por mercenarios. Pero a partir de ese momento aparecen ideas generales: que el peligro de la ciudad es su funesta organización militar, que los políticos aspiran a un cargo movidos por vanidad o por el deseo de lograr ventajas personales, que los oradores se confabulan con los generales para defender sus intereses, y que los tiempos demagógicos del presente no son como los respetables de antaño.

Demóstenes: Por la libertad de los rodios

En 357 aC, Rodas había roto su alianza con Atenas y, junto a Cos, Quíos y Bizancio, se había enfrentado a su antigua aliada en la llamada Guerra Social. El conflicto alzó una violenta reacción oligárquica en el seno de las comunidades enfrentadas a Atenas, de la que sólo se libró Bizancio. Acabada la guerra en 355 aC, Mausolo, el sátrapa de Caria que había prestado ayuda a las democracias insurrectas, estableció una oligarquía apoyada por una guarnición caria.

Pero algún tiempo después de la muerte de Mausolo, ocurrida en 353 aC, los demócratas rodios exiliados solicitaron ayuda a Atenas. Pero los atenienses, llenos de rencor por las viejas heridas, son partidarios de no prestar ayuda a quienes, unos años antes, habían menoscabado el poder de la ciudad por su rebeldía. El pretexto esgrimido para encubrir esta venganza era que Atenas no ponía intervenir en Rodas sin violar el tratado que había puesto fin a la Guerra Social. Hacerlo supondría arriesgarse a molestar a Artemisia, la hermana y esposa de Mausolo que gobernaba Halicarnaso y Caria tras la muerte de éste, y que contaba con el apoyo del rey de Persia.

Contra esta línea de actuación se alzó el presente discurso de Demóstenes, quien solicitaba la ayuda para los rodios y exhortaba a sus conciudadanos a olvidar viejas injurias en nombre del glorioso pasado de Atenas y del interés del presente. En su breve discurso, argumenta que es un honor ser la única salvación de un pueblo que otrora fuera su enemigo. Aquéllos que ahora parecen temer al rey de Persia, dice, no mucho antes habían apoyado intervenir en Egipto contra él, y eso que los rodios son griegos, y no una parte del imperio medo. Las dificultades, por otra parte, harán que Rodas se muestre prudente en el futuro, y a Atenas le será más provechoso un estado democrático que uno oligárquico, incluso si con este último se está en paz.

Demóstenes: Contra Filipo I

Este discurso, pronunciado en 351 aC, inicia las hostilidades abiertas entre Demóstenes y el monarca macedonio. Nuestro orador cuenta con treinta y cuatro años de edad, y Filipo es ya un consumado estratego, y en ocho años (357-351 aC) ha vencido a peonios, ilirios y tracios, y ha penetrado en Tesalia. Los atenienses no han podido frenar su avance, mucho menos desde que estallara en 357 aC la llamada Guerra Social entre Atenas y sus aliados. Tan sólo en 352 aC la flota ateniense logró que Filipo, deseoso de traspasar las Termópilas, tuviera que retroceder.

Demóstenes, pese a su juventud, ya tiene un plan elaborado para exponer ante la Asamblea. En este primer ataque a Filipo desarrolla tres tesis: que el monarca de Macedonia no es invencible; que Atenas necesita contar con ejércitos de defensa y ataque, de los que deben formar parte los ciudadanos; y que existe un medio eficaz para procurar el dinero indispensable para hacer frente a los gastos del plan propuesto.

Éste es el esquema del breve discurso, con los epígrafes que ocupa cada parte.
  • 1. Captatio benevolentiae. El orador explica su motivo para, al contrario de lo habitual, ser el primero en hablar en la asamblea.
  • 2-12. El avance de Filipo y sus conquistas se deben en gran medida a la negligencia de los atenienses, que le han permitido hacer a su antojo sin moverse en su contra. Aunque la empresa de frenarlo sea difícil, Atenas logrará la ayuda de los que están bajo el dominio del macedonio, ya que «muchos de los pueblos que ahora están a su lado eran independientes y libres y estaban más dispuestos a mantener relaciones amistosas con nosotros que con aquél».
  • 13-27. Propone crear diversos cuerpos de guerra, tanto de infantería como de caballería, y también un número de navíos. En todos ellos al menos una cuarta parte de soldados serán ciudadanos, y no mercenarios. Pero estas fuerzas no serían grandes contingentes, «porque no nos es posible ahora procurarnos un ejército que pueda hacerle frente en orden de batalla, sino que es menester emplear la táctica del saqueo y valernos de este tipo de guerra en un principio».
  • 28-41. Es necesario que el ejército sea permanente, y que pase el invierno en los cuarteles de la zona cercana a Macedonia para hacer frente a las incursiones de Filipo en cualquier momento. Así se organizaría la guerra tan bien como se organizan las celebraciones religiosas, «pues el tiempo de actuar lo gastamos en hacer nuestros preparativos, mientras que las oportunidades de los sucesos no aguardan ni a nuestra lentitud ni a nuestros pretextos».
  • 42-51. Recoge de nuevo la idea planteada al comienzo: está en manos de los atenienses frenar a Filipo, pero para ello deben ponerse en acción y no permanecer tranquilos en la ciudad.

Iseo: Sobre la herencia de Pirro

A la muerte de Pirro, reclama la herencia Endio, uno de sus sobrinos, que había sido adoptado por el finado en sus últimas disposiciones. Le fue adjudicada y disfrutó de ella durante más de dos décadas sin oposición de nadie. Pero al morir también sin descendencia y no poder disponer en testamento de su herencia (sólo podían testar los hijos legítimos que no tuvieran hijos legítimos varones), los bienes debían retornar a la casa de su antiguo dueño y ser reivindicados por el pariente más próximo de Pirro.

Alegando tal condición reclaman la herencia dos partes enfrentadas: por un lado el otro sobrino de Pirro, en nombre de su madre (son el hermano y la madre de Endio, pero la reclamación se realiza por su cercanía a Pirro); y por la otra parte un tal Jenocles, en representación de su esposa File, quien decía ser hija legítima de Pirro. Los testigos que demostrarán su legimtimidad serán, además del propio Jenocles, Nicodemo (tío de File) y tres tíos de Pirro.

El hermano de Endio responde con una acción por falso testimonio contra Jenocles, que resulta condenado. La herencia es adjudicada a la hermana de Pirro, pero su hijo, no contento con esta victoria, emprende otra acción por falso testimonio, esta vez contra Nicodemo, quien había declarado haber entregado a su hermana en matrimonio a Pirro. A esa acusación corresponde el presente discurso de Iseo.


El autor presenta como primer argumento la condena de Jenocles en el juicio anterior: si él y Nicodemo declararon sobre los mismos hechos y uno fue condenado por falso testimonio, el otro debe serlo también. Esta circunstancia le permite construir un discurso reiterativo en exceso, que prescinde del exordio habitual y de la invocación final de los jueces y cuyos argumentos se basan en presunciones y probabilidades. El objetivo es claro: demostrar que Nicodemo ha mentido sobre la legalidad del matrimonio de Pirro y la madre de File, lo que probaría que ésta no es legítima y, por tanto, no tiene derecho a la herencia. El orador comienza intentando demostrar que no hubo matrimonio, alegando la falta de una dote que hubiera debido entregar Nicodemo, la actitud más propia de una cortesana que de una esposa legítima, la escasez de testigos en la presunta ceremonia e, incluso, la posible extranjería de Nicodemo.

En la segunda parte del discurso, invierte la argumentación: si demuestra que File no era legítima, resultaría evidente que su madre y Pirro no estaban casados, y por tanto que Nicodemo había mentido. Pero de nuevo, a falta de pruebas sólidas, presenta como argumento el comportamiento de los implicados, que resultaría difícil de creer en caso de que File fuera legítima: ¿Por qué no tomó posesión de la fortuna de Pirro, en lugar de presentar por medio de Jenocles una demanda de adjudicación judicial? ¿Por qué Nicodemo permitió que Endio entregara a su hermana en matrimonio con una dote propia de una concubina y no de una hija legítima? ¿Por qué la aceptó entonces Jenocles y lo consintieron los tíos de Pirro? De hecho, de haber sido File hija legítima, a la muerte de Pirro se hubiera convertido en epiclera (una suerte de «conductora» de la herencia que debía casarse con un miembro de la familia del padre), y para que Endio reclamase la herencia de su tío debía haberse casado con ella, pues herencia y epiclera eran inseperables según las leyes atenienses.

Por lo que respecta a la fecha de pronunciación del discurso, es difícil dar algo por sentado. La mención de dos personajes conocidos en Atenas permiten acercarse a un amplio margen, comprendido entre 357 aC (siendo trierarca Doroteo de Eleusis) y 344 aC (fecha en que aún estaba vivo Diofanto de Esfeto).

Demóstenes: Contra Aristócrates

En el año 352 aC Demóstenes escribió este discurso para un tal Euticles, del demo de Tría. Sin embargo, en la trama real del discurso se enfrentan Demóstenes y el comandante de mercenarios Caridemo, antiguo lugarteniente de Ifícrates, quien le había protegido.

Siguiendo las huellas de Ifícrates, Caridemo se puso a las órdenes de Cersobleptes, hijo del rey de Tracia, y se convirtió en su cuñado. Caridemo, al que los atenienses habían otorgado el derecho de ciudadanía, estaba en posición de ayudar a Atenas, empeñada en ese momento en la guerra contra Filipo de Macedonia. Los amigos atenienses de Caridemo elaboraron un decreto según el cual quien se atreviese a matarlo podría ser aprehendido en cualquier lugar del territorio aliado, y quienes facilitaran asilo al asesino serían excluidos de la alianza.

El decreto fue acogido por el Consejo, pero al llegar a la Asamblea Euticles lo rechazó, alegando ilegalidad por parte de su autor, Aristócrates. Como hemos dicho, detrás de Euticles estaba Demóstenes, quien desde que había tomado parte como trierarco en la desastrosa campaña de Tracia, había concebido antipatía hacia Caridemo. Para el orador, además, aprobar ese decreto suponía que Atenas renunciara a la provincia del Quersoneso Tracio (de importancia vital para controlar el Helesponto y la ruta del trigo procedente del Ponto), debido a que el proyecto de Cersobleptes era unificar Tracia, dividida entre su principado y los de sus dos hermanos.

En resumidas cuentas, el discurso afirma que el decreto de Aristócrates no debe aprobarse porque otorgaría a Caridemo, brazo derecho de Cersobleptes, privilegios que harían reaccionar a los otros príncipes tracios en contra de los intereses de Atenas.

Más adelante, sin embargo, se vería que tal vez hubiese mejorado la situación la existencia de un imperio fuerte en Tracia, pues Filipo arrebató a los hijos de Berisades su principado, y Amádoco sumó el otro al bando de Filipo, en contra de Cersobleptes. Tracia, dividida, cayó en poder de Macedonia.

Aún así, los argumentos jurídicos y morales de Demóstenes son impecables. La moción, de ser aprobada, acabaría con las garantías de un proceso legal (pues en el supuesto del asesinato se ignoraría la presentación de pruebas irrefutables, la defensa del presunto culpable, la objetividad de los jueces, etc). Así que Demóstenes se lanza a analizar diversas leyes establecidas, para comprobar que la del decreto las incumple por diversos motivos. Por otra parte, dice el alegato, no sería digno del mérito ateniense convertirse en guardianes de un comandante de mercenarios que fue tiempo atrás enemigo de Atenas. Ésos son los argumentos que, muy por extenso, esgrime Demóstenes.

Demóstenes: Contra Timócrates

Este discurso está ligado al Contra Androción, ya que el proceso vuelve a ser un intento de Diodoro, asociado a Euctemón, para dañar a su enemigo Androción. En esta ocasión acusa a uno de sus compinches, Timócrates, de ilegalidad al promover una nueva ley.

El asunto venía de lejos. En el 355 aC, un trirreme ateniense (encargado de transportar a Caria a tres embajadores, entre los que se contaba Androción) apresó un barco mercante egipcio. El pueblo ateniense, cuando se les reclamó el cargamento, consideró que los egipcios eran enemigos por hallarse en guerra de secesión con Persia (en ese momento aliada de Atenas). Los trierarcos confiaron la cantidad a los embajadores, en lugar de entregarla directamente al erario público.

Poco después, Aristofonte, en un momento de dificultades financieras para Atenas, hizo aprobar un decreto que exhortaba a los ciudadanos a denunciar a los individuos que retuvieran dinero del Estado. Ese momento fue aprovechado por Euctemón, el socio de Diodoro, para denunciar a los trierarcos por su proceder (aunque una vez más se estaba atacando a Androción). La cantidad adeudada al Estado había aumentado debido al tiempo pasado, y aún más al estar destinada una parte a los dioses (como todo botín), y era ya el triple de la cantidad inicial.

Es entonces cuando entra en escena Timócrates, quien propuso una ley por la cual se prorrogaba el plazo concedido a los deudores del tesoro público, siempre que se presentaran tres garantes y se jurara pagar en un determinado plazo. Pero esta nueva ley, claramente un intento de socorrer a sus amigos, había sido aprobada mediante un procedimiento poco reglamentario, durante una asamblea de nomotetas convocada a toda prisa, sin ser expuesta en un lugar público ni cumplir los plazos prescritos.

Así que Diodoro y Euctemón, en 353 o 352 aC, presentan una denuncia por ilegalidad. Diodoro, con un discurso escrito por Demóstenes, es el primero en hablar, así que ya no nos encontramos, como en Contra Androción, con una duterología, sino con un discurso principal. Un discurso acusatorio de choque, con un exordio que establece los hechos sumaria y vigorosamente, una presentación de las muchas leyes que Timócrates ha desafiado y violado (como hacer que tenga carácter retroactivo), y un listado de las indeseables consecuencias de la entrada en vigor de la nueva ley (anularía veredictos, el deudor podría escapar fácilmente). Finalmente, el discurso trae a colación al propio Androción, auténtico objetivo del discurso, al exponer las verdaderas intenciones de Timócrates, quien pretendía proteger a sus amigos y permitirles salir impunes del robo al Estado.

Demóstenes: En defensa de los megalopolitas

A partir del año 353 aC, el poder de Tebas sobre la Hélade entra en declive. Los espartanos se decidieron a dispersar a los colonos de Megalópolis, ciudad formada por la unión de varias comunidades arcadias tras la batalla de Leuctra (371 aC). Esto convertiría Arcadia en el país de cómodo dominio que era anteriormente. Además, el fin de la efímera hegemonia tebana permitiría a otras ciudades llevar a cabo grandes proyectos: Élide recobraría Trifilia; Fliunte se haría con la fortaleza de Tricárano; Atenas conquistaría Oropo; además de que varias ciudades beocias podrían ser reconstruidas. Éstos eran los planes que exponían los embajadores atenienses. Por otro lado, los representantes de Megalópolis trataban de ganar el apoyo ateniense.

Se formaron así dos partidos entre los políticos de Atenas: los filoespartanos, que defendían la conveniencia de perseverar en la alianza con los lacedemonios; y los defensores de la nueva ciudad, que veían en el cambio de aliados la forma de evitar una hegemonía espartana.

En el presente discurso, Demóstenes objeta a ambos bandos su poco patriótico apasionamiento, al defender causas ajenas al estricto interés ateniense. A Atenas le interesaba el declive de Tebas, pero sin que ello implicase el incremento del poder espartano. La solución para Demóstenes pasaba por aunar el interés puro y simple con la decencia de la actuación política de Atenas, ciudad que desde antiguo había defendido a los débiles contra los opresores. Insiste así el orador en que el objetivo que la ciudad debe perseguir sea el de la justicia. El equilibrio entre las ciudades griegas y el prestigio de Atenas se alcanzarían apoyando la causa de los megalopolitas.

El discurso fue pronunciado en el 353 aC. Un año más tarde Tebas todavía pudo defender a sus aliados megalopolitas. Pero poco después, cuando la caída tebana era ya un hecho, los estados peloponesios contrarios a Esparta encontraron otro protector: Filipo de Macedonia.

Demóstenes: Sobre las sinmorías

Hacia 354 aC el rey persa Artajerjes III Oco ultimaba sus preparativos para reconquistar las provincias que habían hecho defección del imperio. Cuando las noticias alcanzaron Atenas, sus ciudadanos las acogieron con cierto recelo, puesto que además de atacar Fenicia, Chipre y Egipto, Artajerjes bien pudiera repetir las tentativas de sus predecesores Darío y Jerjes. Los atenienses habían apoyado recientemente al sátrapa rebelde Farnabazo, y por otra parte los tebanos podrían ponerse, como en la anterior ocasión, de parte del invasor.

En medio de esta tensa situación, Demóstenes decide calmar los ánimos y aportar una dosis de realismo: Atenas ya no era la poderosa ciudad que fue, y había tenido que reconocer la independencia de Quíos, Cos, Rodas y Bizancio. Además, el erario público está menguadísimo, al haber tenido que hacer frente a los costes de guerra con el dinero proporcionado por un sistema tributario defectuoso. Por otro lado, Grecia entera también ha cambiado, y la llamada Guerra Sagrada, iniciada el año anterior, había hecho surgir odios no disimulados entre las ciudades. Por todo ello, no es momento de dar el primer paso, sino esperar a la ofensiva del rey persa, pues la amenaza provocará que las ciudades griegas se muestren más propensas a una alianza.

Sin embargo, Demóstenes aprovecha la ocasión que se le presenta para exhortar a sus conciudadanos a prepararse para una próxima guerra, aunque no sea contra Artajerjes. Aunque no lo menciona, parece evidente que el orador piensa en Filipo de Macedonia. Propone organizar las prestaciones destinadas a la armada naval (las trierarquías), para conseguir que se hagan con presteza y eficacia, de tal forma que funcionen con el mismo orden e igual previsión que en el caso de las liturgias destinadas a la celebración de fiestas. Demóstenes propone una serie de reformas: aumentar el número de contribuyentes, coordinar todos los servicios, dividir las sinmorías (o grupos de contribuyentes) en cinco partes y otorgar a cada una el cargo de una parte de la flota y de los diques.

La idea básica aparece en el propio discurso: «Por eso recomiendo que no seamos los primeros en emprender la guerra; pero para el conflicto afirmo que es necesario que estemos correctamente preparados».

El presente discurso es uno de los primeros que Demóstenes pronuncia ante la Asamblea, y el primero que dispuso para su publicación. Aún falta mucho para que el orador se convierta en un famoso político, así que aquí no aparece su arrolladora elocuencia: falta amplitud en el desarrollo de algunos pensamientos, y otras veces éstos quedan en suspenso. Tal vez por ello no lograra el objetivo que perseguía, y tres años después de este discurso aún se lamentaba Demóstenes de que las trierarquías siguieran mal organizadas. Algo que pudo remediar más adelante, cuando logró que se aprobara una propuesta suya para una reforma radical de este sistema contributivo.

Demóstenes: Contra Leptines, acerca de la exención de cargas

Primer discurso pronunciado personalmente por Demóstenes sobre un asunto público (esto es, en lugar de una causa privada, un asunto de índole política o de interés para la ciudad-estado).

En el año 355 aC finalizó la llamada Guerra de los Aliados (iniciada dos años antes), en la que los atenienses se enfrentaron a sus antiguos aliados. El tesoro público de la ciudad había sido dilapidado, y escaseaban los ciudadanos capaces de desempeñar servicios públicos o que estuvieran, al menos, dispuestos a prestarlos. Estos servicios consistían en las diferentes liturgias {leitourgíai}: equipar y entrenar un coro (khoregía), organizar la carrera de antorchas y supervisar los gimnasios públicos (gymnasiarkhía), ofrecer un banquete a los miembros de su tribu (hestíasis), donar fondos para las embajadas a los festivales panhelénicos (arkhiteoría), equipar una nave de guerra (trierarchía) y una contribución especial para gastos de guerra (eisphorá). Determinados ciudadanos, como premio a sus notables servicios al estado, recibían en ocasiones ciertas inmunidades, normalmente exenciones de las liturgias (salvo las dos últimas, de carácter bélico). Esta recompensa era hereditaria.

Un ciudadano llamado Leptines propuso suspender todas las inmunidades otorgadas en el pasado (con la excepción de las que disfrutaban los descendientes de los tiranicidas, Harmodio y Aristogitón), y declararlas ilegales en el futuro. Un tal Bátipo, con el apoyo de otros ciudadanos, presentaron una acusación de ilegalidad sobre este decreto de Leptines, ya que había sido propuesta directamente a la Asamblea, sin ser presentada antes a los nomothétai, como era requisito obligado. Pero Bátipo murió, y sus compañeros de denuncia dejaron pasar el tiempo de que disponían sin hacer nada.

El hijo de Bátipo, Apsefión, y Ctesipo (hijo del general Cabrias que heredaría de éste inmunidades y excepciones) decidieron presentar una segunda denuncia. Pero como ya había transcurrido un año desde que se aprobara la ley, la denuncia ya no podía dirigirse contra el autor de la ley, sino contra la ley en sí misma. Esto es lo que hicieron un tal Formión, quien representaba a Apsefión, y Demóstenes, procurador o apoderado de Ctesipo, tal vez menor de edad. Por su parte, Leptines y otros abogados defendieron la ley.

Demóstenes se encarga aquí de la deuterología, el segundo discurso encargado del mismo asunto, que explota nuevos aspectos u ofrece respuestas a las posibles réplicas de la parte contraria. Así se explica que este discurso conceda poca importancia al asunto central, la ilegalidad del decreto de Leptines, e insista en su lugar en otras cuestiones: la vergüenza que supone para la ciudad despojar de honores a sus bienhechores, el escaso número de beneficiados con estas exenciones, el error político que supone privar a los ciudadanos de estos premios, el desconocimiento por parte de Leptines del espíritu que subyace en la vieja legislación de Solón, los méritos de Cabrias, etc.

En cuanto al estilo del discurso, ya los antiguos lo admiraban. Consideraban sus frases, sobrias y moderadas, más propias de una obra escrita, sin concesiones a la improvisación o al tono familiar (como podrían ser frases inconexas o giros bruscos). En cuanto a su tema, lejos de las argucias y corrupciones de rétores y hombres públicos, el discurso hace del honor la meta más codiciada, por encima de cualquier otra consideración. Aunque resulta un poco extenso, la multitud de ejemplos de hombres de pro ameniza lo que de otra forma quedaría repetitivo. Su lectura ayuda a iluminar algunos aspectos sobre la vida política de Atenas, particularmente el punto de vista que los ciudadanos tienen sobre los sucesos ocurridos una o dos decenas de años atrás, así como la importancia que la opinión de otros estados sobre Atenas pudiera tener en sus futuras relaciones mutuas.

Demóstenes: Contra Androción

A punto de finalizar el período en que había desempeñado sus funciones el Consejo de los Quinientos del año 356-355 aC, Androción solicita del pueblo una corona para premiar la labor llevada a cabo por la organización. La Asamblea da el visto bueno (solía hacerlo a poco que el Consejo se hubiera esforzado), pero surgen ciertos problemas: dos ciudadanos, Euctemón y Diodoro, presentan escrito de acusación de ilegalidad contra dicha propuesta.

La inculpación iba dirigida no tanto contra el Consejo saliente, sino contra Androción, autor de la propuesta, porque ambos acusadores habían sido acusados por éste anteriormente. Uno, de malversación de fondos; de parricidio el segundo. Se entabló una causa, en la que habló primero Euctemón, y a continuación Diodoro, quien se sirvió de un discurso escrito por un joven Demóstenes, y que es el que analizamos aquí.

Nos encontramos, por tanto, con una deuterología, un discurso presentado por un segundo acusador y que posee ciertos rasgos característicos: su objetivo es complementar las argumentaciones presentadas por el orador principal, y previene y refuta de antemano las vías de escape o argumentos a los que pudiera acudir la defensa. Las razones concretas en que se funda el discurso son: que no ha habido un decreto previo del Consejo (argumento débil, ya que la petición es un premio para el propio Consejo); que la ley exige que el Consejo, para solicitar recompensa, haya construido un cierto número mínimo de naves de guerra; y que el solicitante (Androción) no puede hacer uso de la palabra ante el pueblo, un derecho prohibido para los que se han prostituido o deben dinero al fisco. Por último, el orador completa la acusación contra Androción censurando su actuación: se comportó de forma severa con sus conciudadanos cuando era el encargado de recuperar el dinero que se debía al tesoro público, y dio muestras de egoísmo e insolidaridad en el asunto de la fabricación de vasos con el oro de las coronas ofrecidas a Atenas por sus aliados (ya que en las coronas se honraba al pueblo ateniense, y en los vasos aparecía el nombre de Androción).

Los acusadores no debieron de vencer este proceso, pues en caso contrario Diodoro no se lo hubiese callado cuando un par de años después pronunció Contra Timócrates (también de Demóstenes), ya que este personaje era amigo de Androción.

Antístenes y los cínicos

La escuela cínica, una de las líneas de pensamiento socrático, fue tal vez fundada por Antístenes, o cuanto menos influenciada por sus ideas. Su nombre, derivado de kyon («perro»), hacía referencia a su frugal modo de vida. El calificativo de «escuela» debe matizarse convenientemente, pues no siempre se tienen claras las relaciones maestro-alumno, y se piensa más bien en posiciones parecidas que parten de influencias comunes. Precisamente, los cínicos estaban en contra de la idea de escuela, ya que repudiaban las normas y convenciones.

Sus pensadores reinterpretaron las doctrinas socráticas, considerando que la civilización y su modo de vida eran un mal, y que la felicidad venía dada por una vida simple y acorde con la naturaleza.


Antístenes

Figura de colosal impacto en la conformación del pensamiento griego, tanto por la importancia de sus teorías del diálogo como por su impronta en la época helenística. Nació en Atenas hacia el 450 o 445 aC, y murió en 366 aC. Fue alumno del sofista Gorgias y se inició en los misterios órficos, para luego convertirse en discípulo de Sócrates.
Se interesó por la relación entre realidad y lenguaje, y adoptó una ontología materialista. Puso de relieve las constantes de la ética socrática: las capacidades de autonomía y autodominio, la fuerza del alma y la capacidad de soportar fatigas. Limitó a mínimos indispensables la necesidad de construcción teórica, oponiéndose así a los desarrollos platónicos. El ideal de autarquía es el eje de su pensamiento. Condena el placer como un mal radical, y considera un bien el no alcanzar ni fama ni gloria. Combate las ilusiones sociales, que refuerzan la esclavitud del ser humano. El sabio debe vivir con las leyes de la virtud más que con las de la ciudad. Subrayó el valor del trabajo como virtud. Su mensaje se dirige a todos, incluso a los malvados. De sus obras, se conservan dos breves fragmentos.


Diógenes de Sínope

Llamado el Sócrates loco. Nació hacia el 412 aC, y murió en Corinto en el 323 aC. Llevó al extremo el desdén de la escuela cínica por todo lo que no fuera la virtud del autodominio. Se le asoció con numerosas anécdotas: que vivía en un tonel, que andaba por el ágora con una lámpara buscando a un hombre honesto, etc. Se declaró ciudadano del mundo y actuaba con desfachatez ante las convenciones de la ciudad. Se conoce menos de su pensamiento, al parecer próximo al de Antístenes, aunque más preocupado con la ruptura con las convenciones sociales.


Crates de Tebas

Discípulo de Diógenes, que vivió entre el 328 y el 288 aC. Una anécdota dice que donó a la ciudad su fortuna, y adoptó, junto a su esposa Hiparquía, la vida de mendigo. Amable y respetuoso, defendía la filosofía cínica con un estilo menos agresivo. Predicaba la autarquía y la sencillez. Se lo considera el nexo entre cínicos y estoicos, al haber sido maestro de Zenón de Citio.


Hiparquía

Una de las primeras mujeres filósofas. Compartió con su esposo Crates el estilo de vida cínico.


Menipo de Gadara

Filósofo cínico, con rasgos cercanos al hedonismo. En sus diatribas de crítica moral y social mezcló la prosa y los versos, lo cómico y lo serio.

Aristipo y los cirenaicos

La escuela de Cirene, una de las líneas de pensamiento socrático, fue fundada por Arístipo. Emparentada con las escuelas megárica y cínica, su doctrina era un hedonismo en sentido estricto: el bien se identificaba con el bienestar físico. Con el tiempo, la escuela se dividió en diversas ramas, en función del pensamiento de su fundador, por lo que pueden distinguirse grupos como los hegesíacos, los anicerios o los teodorios. El calificativo de «escuela» debe matizarse convenientemente, pues no siempre se tienen claras las relaciones maestro-alumno, y se piensa más bien en posiciones parecidas que parten de influencias comunes.

Los cirenaicos se ocuparon sobre todo de ética. El bien supremo se identifica con el bienestar físico, y el placer es el primer motor de la vida. La felicidad humana consiste en librarse de toda inquietud, y la forma de lograr este objetivo es la autarquía.

Ésta es una lista de los filósofos cirenaicos más importantes:


Arístipo de Cirene


Vivió aproximadamente entre el 435 y el 356 aC. Le atrajo la fama de Sócrates, al visitar Grecia con ocasión de unas Olimpíadas, por lo que fue a su encuentro y se hizo su discípulo. Tras la muerte del maestro, regresó a su patria para dedicarse a la enseñanza. Vivió durante un tiempo en la corte del tirano de Siracusa, y se dice que fue hecho prisionero por Artafernes, el sátrapa de Lidia.
Arístipo sostuvo que el ser humano debe dominar sus placeres y no dejarse dominar por ellos: no es deshonesto el placer, pero sí lo es convertirse en su víctima. Propuso no encerrarse en ninguna ciudad y ser en todas extranjero, ya que la participación en el gobierno impide gozar de la vida con plenitud. De sus obras, que Diógenes Laercio consideraba frívolas y alejadas de la filosofía (supuestamente, dos de ellas fueron escritas a propósito de la hetera Lais de Corinto), no hemos conservado nada. Las cuatro cartas que llevan su nombre son evidentemente apócrifas.


Areta de Cirene

Hija y alumna de Arístipo. A su vez, enseñó filosofía a su hijo, llamado también Arístipo.


Arístipo Metrodidacta

Alumno de su madre Areta, hija de Arístipo. Parece que sistematizó la doctrina de su abuelo, distinguiendo el placer en reposo o pasivo, la sola ausencia del dolor, y el placer activo, que para él era el más alto grado de bien. Entre sus discípulos se contó Teodoro el Ateo.


Otros alumnos de Arístipo son Antípatro y su pupilo Epitidemes, Parebates y Aristóteles de Cirene.


Hegesias de Cirene

Nacido hacia el 300 aC. Discípulo de Parebates y compañero de Anniceris. Sostenía una visión más pesimista, ya que los placeres de la vida son pocos y muchos sus dolores, el conocimiento es incierto y todo lo domina el albur. Creyó que la felicidad era imposible de alcanzar, y que el propósito de la vida era evitar el dolor y el pesar. La muerte es preferible a la vida, salvo para el sabio, a quien ambas cosas le son indiferentes. Cicerón cuenta que sus enseñanzas causaron tantos suicidios, que Ptolomeo II lo exilió de Alejandría.


Anniceris de Cirene

Contemporáneo de Alejandro Magno. Discípulo de Parebates y compañero de Anniceris. Afirmó que existen placeres materiales y espirituales, siendo los primeros breves, y prolongándose toda la vida los segundos, útiles para luchar contra los dolores del cuerpo. El bien máximo es identificado con el placer social: el amor a la familia, el patriotismo, la amistad o la gratitud. Fue maestro de Teodoro el Ateo.


Teodoro de Cirene, el Ateo

Nacido en Cirene hacia el 340 aC, fue discípulo de Arístipo el Joven. Desterrado de su tierra, recaló en Atenas, donde vivió aproximadamente entre el 317 y el 307 aC, antes de escapar a un proceso por impiedad. Marchó a Egipto, y Ptolomeo I usó de sus servicios como embajador ante Lisímaco de Tracia. Quizá también estuviera en Corinto, aunque pasó sus últimos años en Cirene, y murió hacia el 250 aC. En su obra Sobre los dioses amplía el incipiente ateísmo de Epicuro al negar la existencia de los dioses. Su discípulo más importante fue Evémero, quien propondrá que los dioses son reyes del pasado divinizados.

Fedón y los elíacos y erétricos

La escuela de Elis, una de las líneas de pensamiento socrático, fue fundada por Fedón, seguidor de Sócrates. Por su parte, Menedemo trasladó a Eretria la escuela, o tal vez inició allí un círculo nuevo. El calificativo de «escuela» debe matizarse de forma conveniente, pues no siempre se tienen claras las relaciones maestro-alumno, y se piensa más bien en posiciones parecidas que parten de influencias comunes.

Las enseñanzas de Fedón giraban en torno a la unidad e identidad del ser, parámetros similares a los que encontramos en la escuela de Mégara. Sus seguidores se centraban en asimilar y desarrollar el aspecto moral de la filosofía socrática, sobre todo en relación a cuestiones cívicas y éticas. La escuela de Eretria continuó con la identificación de la virtud y la verdad. Las teorías morales de estos dos círculos, junto con algunas ideas de los megáricos, prepararían el terreno al estoicismo y su insensibilidad o apatía absoluta.


Fedón de Elis

Según Diógenes Laercio, conoció a Sócrates tras ser vendido como esclavo, al haber caído prisionero en una batalla (con bastante probabilidad ocurrida durante la guerra entre Elis y los espartanos, ayudados éstos por los atenienses, en 401 aC). El sabio logró su libertad por mediación de un amigo (Alcibíades o Critón), y Fedón se convirtió en su discípulo. Tras la muerte de Sócrates y una breve estancia en Mégara, regresó a su ciudad natal. Sus enseñanzas parecen semejantes a las de Euclides de Mégara, con un interés especial por las cuestiones éticas. Se le atribuyen algunos títulos de obras con forma de diálogo, hoy perdidas.


Menedemo de Eretria

Descendiente de una familia noble pero pobre, aprendió las artes de su padre, Clístenes, quien fue arquitecto y pintor. Viajó con la milicia hacia Mégara, conociendo la Academia de Platón. Junto a Asclepíades, pasó luego a ser alumno de Estilpón, y más adelante de Fedón. Sucesor de Plístano al frente de la escuela de Elis, que trasladó a Eretria.
Empleó sus dotes de orador para salvaguardar a Eretria, y a los griegos en general, del imperialismo macedonio. Según se dice, alcanzó fama en su patria al lograr que el diádoco Demetrio rebajara a su polis el tributo anual a los macedonios. Se convirtió en consejero del diádoco Antígono I.
Siempre criticó los excesos, pero sin caer nunca en la austeridad o la crítica radical.


Otros pensadores de esta línea fueron Plístano de Élide, sucesor de Fedón al frente de la escuela, Pasifonte de Eretria, Anquipilo de Elea, Mosco de Elea, Tesibio de Calcis y Asclepíades de Fliunte (quien, como Menedemo, estudió con Estilpón de Mégara antes de ser discípulo de Fedón).

Esquines de Esfeto, el socrático

Esquines, nacido hacia 425 aC en el demo ateniense de Esfeto, es llamado el Socrático para diferenciarlo del orador del mismo nombre, cuyas obras se han conservado mejor. Fue discípulo de Sócrates, y si seguimos el relato de Platón, estuvo presente en el momento de su muerte.

Se dedicó, con un estilo más cercano al de Platón que al de Jenofonte, a la escritura de diálogos filosóficos que tenían como personaje principal a Sócrates, o mejor dicho a un reflejo bastante preciso del mismo. Esto le otorgó cierto reconocimiento entre sus contemporáneos y continuadores, aunque sus obras sólo han sobrevivido en forma de breves fragmentos y citas de otros autores. Esquines murió hacia el 350 aC.

Por Diógenes Laercio conocemos el nombre de siete de sus diálogos.

Alcibíades
Sócrates conversa sobre Temístocles con un joven y ambicioso Alcibíades, mostrándole que no está preparado para la política, pues carece de la capacidad de descubrir que no sabe lo suficiente sobre estos asuntos. El éxito depende directamente del conocimiento. El contenido es parecido al Primer Alcibíades, uno de los diálogos asignados con duda a Platón.

Aspasia
Sócrates aconseja a Calias enviar a su hijo a estudiar con Aspasia, pues considera que las mujeres son capaces de las mismas virtudes, tanto guerreras como políticas, que los hombres. Le pone como ejemplo a la propia Aspasia, a Targelia de Mileto (que consiguió que muchos griegos se aliaran con Jerjes, logrando ella parte del gobierno de Tesalia) y a la legendaria reina guerrera de Persia, Rodogina.

Axíoco
Uno de los muchos textos escritos para alejar la imagen de Sócrates de la supuesta corrupción de Alcibíades, criticando a éste como bebedor y mujeriego.

Calias
Una discusión sobre el uso correcto de la riqueza. Se defiende que el modo de soportar la pobreza es una forma de medir la virtud mejor que el modo en que se hace uso de la riqueza.

Miltíades
Pequeño encomio a Miltíades, hijo de Esteságoras, por su ejemplar educación durante su juventud, tal vez como contraste con la educación ofrecida por los sofistas.

Telauges
Sócrates conversa con el pitagórico Telauges, a quien critica su ascetismo extremo, y con Critobulo, el joven hijo de Crito, a quien critica su ostentación. Aparentemente, el término medio es lo adecuado.

Rhinon

Euclides y los megáricos

La escuela de Mégara, una de las líneas de pensamiento socrático, fue fundada por Euclides (quien no debe ser confundido con el geómetra de Alejandría), uno de los seguidores de Sócrates. El calificativo de «escuela» debe matizarse convenientemente, pues no siempre se tienen claras las relaciones maestro-alumno, y se piensa más bien en posiciones parecidas que parten de influencias comunes.

Las ideas iniciales de Euclides parecen una fusión del pensamiento eleático y el socrático, por lo que también se le considera sucesor de la escuela de Elea. Por ejemplo, Euclides identificó la Unidad (definida por Parménides como eterna e inmutable) con la forma del dios socrática (Idea de dios en la terminología platónica), y lo llamó Razón, Bien, Sabiduría, etc. Pero Euclides no estaba interesado en la esencia, sino en el Bien: lo que importa es el bien moral y la voluntad de la persona para alcanzarlo.

Estilpón continuó la tendencia eleática, introduciendo un monismo estricto y negando la posibilidad de cambio o movimiento. En el campo de la ética, Estilpón promovía la libertad, el autocontrol y la autosuficiencia, aproximándose así a posiciones cínicas. Algunos de los sucesores de esta línea de pensamiento (Diodoro Crono y Filón de Mégara) desarrollaron la lógica de tal manera que pueden ser considerados una escuela nueva, y son llamados erísticos o dialécticos. Reexaminaron la lógica modal e iniciaron un debate sobre las proposiciones condicionales, siendo así precursores de la lógica estoica.

A través de Estilpón, la influencia megárica llega a los erétricos. Por su parte, Zenón de Citio, que fundó el estoicismo a partir de ideas de la escuela cínica, estudió o compartió ideas con Estilpón, Diodoro Crono y Filón.

Una lista de los filósofos megáricos puede dar buena muestra del desconocimiento que tenemos sobre sus obras y pensamiento, salvo contadas excepciones. Las noticias nos llegan a través de Vidas de los filósofos más ilustres, obra de Diógenes Laercio (siglo III) y en ocasiones por ciertas notas de la Suda (siglo X). Por si la distancia en el tiempo entre estas obras y los autores de que hablan no fuera suficiente, debemos notar que existía la costumbre (o creencia) de formar relaciones de profesor-alumno en función de las ideas desarrolladas por los pensadores, lo cual puede distorsionar la visión que nos ha quedado de ellos.


Euclides de Mégara

Su vida se desarrolló aproximadamente entre el 435 y el 365 aC. Uno de los presentes en la muerte de Sócrates, cuyas palabras tenía en tanta estima como para, según una anécdota, infiltrarse en Atenas vestido de mujer durante uno de los períodos en que a los megarenses se les prohibía la entrada. Supuestamente, tras la muerte de su maestro regresó a Mégara, donde dio refugio a algunos de sus seguidores, entre ellos un joven Platón. A continuación fundaría la escuela que tratamos, que acabaría llegando al siglo de vida. Sus alumnos directos más importantes serían Ictias (que lo sucedería en la escuela), Eubúlides de Mileto, Clinómaco de Turio y Trasímaco de Corinto.

Usó el diálogo y el método erístico para defender sus tesis, generalmente extrayendo consecuencias absurdas de las conclusiones de las ideas contrarias a su pensamiento. Conservamos el nombre de seis diálogos escritos por Euclides (Lamprias, Esquines, Fénix, Critón, Alcibíades y Amatorio), pero ninguno nos ha llegado salvo en un epítome de Diógenes Laercio. Como ya hemos indicado, sostenía que el Bien era único, eterno e inmutable, y que no existía nada opuesto a lo Bueno (ya que el no-ser no puede existir sin convertirse en una especie de ser, y dado que la esencia del Ser es lo Bueno). Sostenía, como Sócrates, que el conocimiento es virtud, y que sólo con el estudio de la filosofía podía entenderse el mundo.


Clinómaco de Turio

Vivió en la primera parte del siglo IV aC. Al parecer, su énfasis en la lógica y la dialéctica puede ser considerada como la fundación de una nueva escuela, la de los dialécticos o erísticos. La Suda lo hace alumno directo de Euclides de Mégara, y profesor de Brisón de Acaya (éste sería, a su vez, el instructor de Pirro, fundador de los escépticos).


Ictias de Mégara

Hijo de Metalos; discípulo de Euclides, y su sucesor al frente de su escuela a mediados del siglo IV aC. Fue colega de Trasímaco de Corinto. Diógenes de Sínope, el cínico, le dedicó un diálogo.


Trasímaco de Corinto

No conocemos casi nada de él. Seguramente aprendió de Euclides, siendo compañero de Ictias. A su vez, habría sido maestro de Estilpón.


Pasicles de Tebas

Hermano del cínico Crates (nexo entre los cínicos y los estoicos). Supuesto discípulo de Euclides y supuesto maestro de Estilpón, aunque más bien sería contemporáneo de este último.


Eubúlides de Mileto

Discípulo de Euclides, de quien al parecer era sobrino. Fue maestro de diversos dialécticos, como Apolonio Crono y Eufanto. Tal vez escribió un libro acerca de Diógenes de Sínope, el cínico. Su fama se debe al establecimiento de argumentos paradójicos -aunque algunas se adscriben a Diodoro Crono-. Siete de ellas son famosas: la paradoja del mentiroso (un hombre dice que miente; si es verdad, entonces no miente; si no es verdad, entonces es falso que mienta), las tres paradojas sobre el desconocimiento de personajes que resultan ser familiares (Electra, el inadvertido y el velado), la paradoja del montón o sorites (basada en que, si unos pocos granos de arena no forman un montón, y si añadimos un grano más tampoco; cómo es posible llegar a algo que sí llamamos montón), la paradoja del pelado (parecida a la anterior, pero basada en el desconocimiento en que arrancar un pelo de una cabellera convierte al sujeto en calvo) y la paradoja del cornudo (tienes lo que no has perdido; no has perdido cuernos; luego eres un cornudo).


Eufanto de Olinto

Más que filósofo, Eufanto fue historiador y poeta trágico. Discípulo de Eubúlides, fue maestro de Antígono, quien posteriormente guerrearía contra los otros sucesores de Alejandro Magno y se nombraría rey de Macedonia (306 aC). Además de varias tragedias, Eufanto escribiría Sobre la monarquía, libro que dedicaría a Antígono.


Apolonio Crono

Nacido en Cirene, fue discípulo de Eubúlides y maestro de Diodoro Crono. Sólo nos quedan simples menciones por Diógenes Laercio y Estrabón.


Diodoro Crono

Llamado el Dialéctico, sobrenombre que traspasó a sus hijos. Hijo de Ameinias de Yaso, vivió en algún momento de su vida en la corte de Ptolomeo Sóter (principios del siglo III aC). Su fecha de muerte se calcula en torno al 284 aC. Entre sus alumnos se contarían Filón de Mégara y Zenón de Citio.

Aunque la influencia de los megáricos es clara, no se sabe con certeza si perteneció a la escuela, o cual fue la relación con los otros pensadores de la línea. Por eso se ha pensado en una escuela de dialécticos iniciada por Apolonio Crono o tal vez por Clinómaco. De las doctrinas de Diodoro nos han llegado únicamente fragmentos, y ni siquiera conocemos los títulos de sus obras.

Profundizó en la dialéctica, buscando una teoría de demostraciones y proposiciones hipotéticas. Así como pensaba que el espacio era indivisible e imposible el movimiento (había negado las aporías de Zenón de Elea para negarlo), en el campo de la lógica rechazaba que la noción fundamental pudiera dividirse. Negó la entrada en existencia y la multiplicidad tanto en tiempo como en espacio, y consideraba que todos los objetos formaban parte de un único compuesto de infinitas partículas indivisibles. Tal vez fue el autor de algunas de las paradojas que se le asignan a Eubúlides. Rechazaba la creencia de que el lenguaje fuera ambiguo, y achacaba cualquier error o incertidumbre en la comunicación a los hablantes.

Dio una solución al problema aristotélico de los contingentes futuros (si un hecho del futuro puede verse en el presente como verdadero o falso) usando para ello lo que se llamó el argumento dominante (si un hecho no ha sucedido, se deduce que en el pasado era una certeza que no pasaría; como toda certeza en el pasado es necesaria, era necesario que en el pasado el hecho no sucediera; como una imposibilidad no se puede deducir de lo que es posible, siempre es imposible que el hecho sucediera; luego si un suceso no será cierto en el futuro, nunca lo habrá sido ni lo será).


Estilpón de Mégara

Vivió aproximadamente entre los años 360 y 280 aC. Fue el sucesor de Ictias al frente de la escuela megárica, aunque antes pasó por el círculo cínico, ya que supuestamente fue discípulo de Diógenes de Sínope.

Fue maestro de diversos pensadores erétricos (Menedemo y Asclepíades), estoicos (Zenón de Citio) y escepticos (Timón el Silógrafo). Ateneo (en el siglo III) nos da el nombre de otra alumna: Nicareta, una hetera de buena familia; Diógenes Laercio la hace su amante.

El concepto ético de Estilpón se aproximaba al de los cínicos y estoicos. Aplicó las ideas de la escuela eleática a la doctrina del bien, consistente para él en la impasibilidad del alma. En un pequeño fragmento conservado clasifica los bienes en tres tipos (bienes del alma, bienes del cuerpo, bienes externos), para demostrar que el exilio no arrebata el bien. Criticó la teoría platónica de la imitación entre la realidad sensible y el ser, pues para él lo universal no está contenido en lo individual y concreto: la esencia de los objetos no puede ser alcanzada por los predicados sobre ellos.


Brisón de Acaya

Tal vez alumno de Estilpón y Clinómaco, y supuestamente maestro del cínico Crates de Tebas, el escéptico Pirrón de Elis, y el cirenaico Teodoro el Ateo. Confundido muchas veces con el algo anterior en el tiempo Brisón de Heraclea (un sofista que trabajó en la aproximación del valor de pi).


Filón el Dialéctico

Llamado Filón de Mégara, aunque en realidad su ciudad de procedencia se desconoce. Famoso por los diálogos con su maestro, Diodoro Crono, sobre la idea de lo posible y los criterios de cumplimiento en las proposiciones condicionales. Como Aristóteles, sostenía que no sólo es posible lo que es, o será, sino también lo que es adaptable a la finalidad concreta del objeto en cuestión.